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La grieta en la alianza entre Rusia e Irán deja varias opciones abiertas para Trump

reunión entre el presidente ruso Vladimir Putin y el iranía Hassan Rouhaní el pasado 1 de noviembre [Russian Presidential Press and Information Office/Anadolu Agency]

Irán y Rusia no han ocultado su deseo mutuo de dejar al margen a Estados Unidos en Oriente Medio. “Nuestra cooperación puede aislar a EEUU”, dijo el líder supremo ayatollah Ali Khamenei a Vladimir Putin durante la visita del presidente ruso a Teherán. Por su parte, Putin ha considerado la relación entre Moscú y Teherán como “muy productiva”.

Sin duda, la alianza ha pagado dividendos en Siria, donde la colaboración militar entre Moscú y Teherán cambió el rumbo de la guerra en favor de su aliado mutuo, Bashar Al-Assad, y obligó a Estados Unidos a abandonar sus intentos de expulsar a Assad del poder. Sin embargo, y aunque sin duda Washington debe desconfiar de la relación ruso-iraní, ésta es más un matrimonio de conveniencia que una alianza estratégica – y ya están empezando a aparecer grietas.

En Siria, la derrota del Daesh parece haber subrayado las notables diferencias entre los objetivos y tácticas de Putin y las de Khamenei. Los objetivos finales de Moscú incluyen evitar el cambio de régimen, promover la influencia rusa en Oriente Medio y mantener sus bases militares en Siria. Al lograr estos objetivos, Putin espera conseguir logros diplomáticos en Occidente y animar a Estados Unidos a considerar a Rusia como un igual. Sin embargo, mientras Moscú considera que Assad es el líder legítimo de Siria, el principal interés de Putin reside en preservar y reforzar las instituciones estatales sirias más que al propio Assad; los rusos han llegado a sugerir a Occidente que Moscú aceptaría la marcha de Assad siempre y cuando se diera como resultado de un proceso de paz general.

Los iraníes, por el contrario, consideran la expulsión de Assad como una “línea roja”, y creen que mantener al líder sirio en el poder es algo crucial para dos de sus objetivos clave. El primero es conservar su capacidad de suministrar armamento a su representante chií, Hezbollah, mientras construyen un corredor terrestre chií “libre de sunníes” desde Irán al Mediterráneo – algo que Irán teme que no permita un nuevo gobierno. En segundo lugar, Irán cree que su presencia en Siria es crítica para la capacidad de Teherán de presionar a Israel. Irán quiere conservar la capacidad de atacar al Estado judío tanto desde Líbano como Siria, de ahí la determinación de Irán a preservar las milicias chiíes no estatales en Siria. El extremo Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) quiere convertir estas milicias en una fuerza política y militar institucionalizada similar a Hezbollah en Líbano – una medida que choca con el deseo de Rusia de aumentar el poder del Estado sirio y reducir la dependencia de Siria de Irán.

A medida que se calientan las negociaciones diplomáticas sobre el futuro de Rusia, las diferencias entre los objetivos de Rusia e Irán amenazan con intensificarse. Irán, en particular, cree que la voluntad de Rusia de colaborar con países como Turquía podría perjudicar a los intereses iraníes en Siria. A los líderes de Irán también les preocupa la relación de Putin con Donald Trump: varios informes de medios iraníes sugieren que a Teherán le enfureció la decisión de Putin de informar al presidente estadounidense sobre los objetivos de Moscú antes de la cumbre de Sochi en noviembre a la que acudieron Putin, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, y el presidente iraní, Hassan Rouhani.

Leer: Rusia advierte a Estados Unidos contra una posible interferencia en los asuntos de Irán

La voluntad de Rusia de trabajar con varios socios en Siria es emblemática del amplio enfoque ruso respecto a Oriente Medio. Un importante analista ruso lo describe como el “dogma de la flexibilidad” – algo acorde al enfoque transaccional de Putin respecto a la política exterior. Un ejemplo de ello es el deseo de Moscú de mantener una buena relación con Arabia Saudí. Putin cree que la cooperación ruso-saudí es vital para limitar la producción de petróleo y mantener los precios, lo cual necesita para cumplir con sus objetivos mutuos de mejorar el ejército ruso mientras también fortalece internamente al Estado de Rusia. El problema de Putin es que el Irán chiita y la Arabia Saudí sunní compiten por la influencia en Oriente Medio, por lo que, a Irán, naturalmente, le repugna el acercamiento del Kremlin tras años de tensión entre Moscú y Riad.

Bajo el gobierno de Putin, Rusia también ha desarrollado más que nunca su relación con Israel. Putin ha visitado Israel dos veces – es el primer líder ruso en hacerlo – y ha recibido varias veces al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, para hablar sobre los intereses israelíes en Siria. Supuestamente, Putin tiene una buena química personal con Netanyahu, y ha ordenado tanto a Assad como a Hezbollah que no tomen represalias ante los ataques israelíes en Siria. Putin llega a considerar un acuerdo que evitaría que las potencias extranjeras usen Siria como base para atacar a un Estado vecino, lo cual choca directamente con el objetivo de Irán de utilizar Siria como plataforma para presionar en la frontera norte de Israel. Sin embargo, dada la profunda hostilidad entre Irán e Israel, está claro que la buena relación de Moscú con el Estado judío podría aumentar las tensiones subyacentes de la relación ruso-iraní.

 

Irán copia los drones estadounidenses – Viñeta [Sarwar Ahmed/MiddleEastMonitor]

Exacerbar las tensiones subyacentes entre Rusia e Irán es una desconfianza histórica entre ambos países. Los conflictos ruso-pérsicos en los siglos XVIII y XIX resultaron en la toma del Cáucaso por parte de Moscú – una pérdida que, a día de hoy, aún reverbera en la psique iraní. Después de la Revolución Islámica de Irán en 1979, la relación entre ambas partes estuvo igual de tensa, sobre todo porque Rusia apoyó a Irak durante la guerra entre Irak e Irán – un conflicto que le costó a Irán aproximadamente un millón de vidas. Y, aunque es cierto que la relación ruso-iraní mejoró mucho tras la caída de la Unión Soviética, Teherán no olvida que Moscú respaldó las sanciones contra Irán por su programa nuclear, y que ha suspendido varios acuerdos con Irán para mejorar la relación con Estados Unidos.

El gobierno de Trump debería intentar usar las diversas diferencias entre Irán y Rusia para dañar la alianza entre ambas naciones. Primero, y, ante todo, esto requiere que Washington siga activo en Oriente Medio y elimine la percepción de que está abandonando la región.

Estados Unidos también debería tratar de mejorar su relación con Rusia, algo que podría ser beneficioso, mientras que juegan con la desconfianza histórica de Irán respecto a su vecino del norte y con el temor de Teherán de que Moscú venda a Irán para mejorar la relación rusa con Occidente. El simple hecho de que Trump le haya hecho saber a Putin que EEUU está preparado para tratar a Rusia como a un igual – uno de los objetivos de Putin – podría hacer de esto una realidad. Trump también debería recordarle a Putin las grietas que ya están empezando a aparecer en la relación ruso-iraní, y preguntarle si realmente a Moscú le interesa respaldar los objetivos sectarios de Irán en Siria.

No será fácil, pero si los legisladores y políticos de Washington juegan bien sus cartas, aún pueden socavar la alianza estratégica que tan claramente quieren Moscú y Teherán.

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