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Las armas nucleares de Israel hacen del mundo un lugar más peligroso

Caza militar israelí (imagen de archivo)

En privado, los oficiales estadounidenses entendieron a la perfección en los años 60 que Israel tenía la capacidad de construir sus propias armas nucleares. Públicamente, Israel tiene la política de no confirmar o negar la existencia de armas nucleares, aunque ya es un hecho establecido.

Desde 1968, o, probablemente, antes, Israel ha acumulado un arsenal secreto que se piensa que cuenta con al menos 80 cabezas nucleares. En un email filtrado en 2015, el ex Secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, escribió que Israel tiene “200 [bombas nucleares] apuntando a Teherán”. Puede que la última cifra sea una exageración, pero no hay duda de que Israel tiene bombas, y en un número significativo.

El libro definitivo que detalla la historia de cómo Israel se hizo con las bombas es la Opción Sampson, de Seymour Hersh. En ella, Hersh – un reconocido periodista de investigación – relata cómo Israel colaboró con científicos franceses en los 50 y los 60 para construir un reactor nuclear en Dimona, al sur del desierto del Negev. Fotografías tomadas por los aviones espía estadounidenses muestran que Israel, a pesar de negarlo, estaba construyendo el reactor. Sin embargo, los políticos y altos cargos parecían no querer saberlo.

De hecho, parece que hubo una política deliberada de varios presidentes estadounidenses sucesivos que hicieron oídos sordos a lo que sucedía, ignorando sus propios informes de inteligencia. Walworth Barbour, un embajador estadounidense a Israel, estuvo en el puesto durante 12 años y es un emblema de esto. Hersh escribe que su largo cargo fue un reflejo de su “disposición a operar la asamblea americana como subsidiario, si es necesario, del Ministerio de Exteriores israelí”. Según Hersh, Barbour pretendía mantenerse a un lado cuando se le ordenara, y “permitir a la Casa Blanca y al embajador israelí en Washington dirigir la política real a sus espaldas”.

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La Opción Sampson, publicada en 1991, es un libro impactante, basado principalmente en registros oficiales de EEUU e Israel, algunos en condición de anonimato. Es la mezcla característica de Hersh de impresionantes fuentes militares y de inteligencia abordadas con admirable escepticismo y rigor crítico. A diferencia de cómo tratan la mayoría de periodistas estadounidenses los asuntos de la “inteligencia” de Israel, Hersh se negó a sucumbir a la censura israelí.

Es casi un escándalo no reportado (al menos en los medios principales) que el ejército israelí impone una cruda censura sobre los periodistas tanto nacionales como extranjeros que operan en el país. Todo otro régimen que actúa así no sería presentado por los medios como una “democracia”, como ocurre siempre con Israel. Para los palestinos, cuya vida es dominada por una ocupación brutal, Israel es una dictadura militar.

Hersh consiguió evitar la censura israelí saliendo del país. Habló con sus fuentes israelíes por teléfono o en Estados Unidos.

Basándose en las cuentas de oficiales israelíes anónimos, cuenta la historia de la producción de la primera bomba atómica de Israel. Siendo algunos de los mayores aliados israelíes la extrema derecha, el presidente racista de EEUU – Donald Trump – y la “alt-right” fascista, es una historia con una relevancia actual escalofriante.

En 1968, el Ministro de Defensa de Israel y ex general Moshe Dayan informó al ministro de finanzas, Pinchas Sapir, sobre Dimona, intentando convencerle de que la bomba nuclear tenía sentido financiero y merecía la pena. Sapir era escéptico, hasta que Dayan “le enseñó todo, de la A a la Z”, según cuenta la fuente oficial israelí de Hersh.

“¿Lo has visto todo?”, preguntó después Sapir a un compañero ministerial. “Lo he visto, y no sabes una mierda. Ya no habrá más Auschwitzes”.

Es una referencia a los infames campos de concentración nazis, donde se estima que se asesinó a más de 1,3 millones de personas, la mayoría judías. La referencia refleja la idea anacrónica, común en la propaganda israelí, de que el Estado de Israel se estableció para proteger a los judíos del genocidio nazi. Por supuesto, llevaba planeándose al menos 50 años antes de que se reconociera el alcance del Holocausto.

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Además, el sionismo, la ideología fundadora de Israel, tiene una relación mucho más oscura y complicada con el nazismo y el antisemitismo que la simple oposición. En ocasiones, individuos y grupos del movimiento sionista colaboraron activamente con la Alemania nazi, lo que surgió por primera vez en los años 30 con el “acuerdo de transferencia”. En el caso de Rudolf Katzner (quien después fue un oficial del gobierno israelí y un candidato fallido al parlamento por Mapai, el partido que se fusionó con otros grupos de la “izquierda sionista” para formar el Laborista), esto se extendió a la colaboración activa con el régimen nazi que ocupaba Hungría a finales de la guerra, dándoles espacio para que mataran a judíos húngaros al salvarse él mismo y otros 1.600.

¿Ha hecho la bomba nuclear israelí del mundo un lugar más seguro para los judíos, o para cualquiera? La respuesta es no.

Si hoy sucediera un “nuevo holocausto”, no hay duda de que el principal objetivo serían los musulmanes. Con el presidente de EEUU promocionando abiertamente a los racistas anti musulmanes más viles, se está generando un clima cada vez más peligroso.

Está claro en qué bando está Israel. Britan First es extremadamente pro-Israel, mientras que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, es muy pro-Trump. En este contexto, ahora es muy probable que las armas nucleares de Israel creen un “nuevo Auschwitz” en lugar de detenerlo.

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Asa Winstanley

Associate editor with The Electronic Intifada, Asa Winstanley is an investigative journalist who lives in London. He has been visiting Palestine regularly since 2004.