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Apocalipsis nuclear: Trump y Kim no deberían mantener el mundo como rehén

Imagen de Donald Trump el 29 de octubre de 2016 [Gage Skidmore/Flickr]

No muy lejos de Seattle, Washington, hay ocho submarinos de misiles balísticos que transportan los grandes cargamentos mundiales de armas nucleares.

Los submarinos negros de 560 pies de longitud están atrapados en la base naval Kitsap-Bangor, transportando lo que Rick Anderson describió en un reciente artículo del diario Los Angeles Times como “la mayor concentración de armas nucleares desplegadas en los Estados Unidos”.

“Si se tratara de una nación soberana”, escribió Anderson, citando las estimaciones del gobierno, “el Estado de Washington sería la tercera potencia de armas nucleares en el mundo”.

Uno suele estar atormentado por esta realidad manifiesta, especialmente cuando surge una crisis nuclear entre Estados Unidos y Corea del Norte, como la que comenzó a finales de julio. En ese momento, el presidente estadounidense, Donald Trump, amenazó a Pyongyang con “fuego y furia como el mundo nunca había visto antes”, mientras Kim Jong-un parecía impávido.

Los estadounidenses están seguros por su poder militar, tanto convencional como nuclear. La mayoría de las personas aquí no saben o simplemente no les importa la disparidad entre las capacidades nucleares de su país y el minúsculo programa de armas nucleares que opera Corea del Norte.

El Secretario de Defensa James Mattis el 17 de febrero de 2017 [Andreas Gebert / Agencia Anadolu]

Al visitar Kitsap-Bangor a principios de agosto, el secretario de Defensa estadounidense, James N. Mattis, recorrió el USS Kentucky y declaró que el submarino está listo para la acción, si es necesario.

La carga nuclear que lleva sólo el USS Kentucky equivale a 1.400 bombas del tamaño de las que EEUU tiró y con las que posteriormente destruyó Hiroshima, Japón, en 1945.

Las noticias de Corea del Norte en las últimas semanas -que son una repetición de episodios anteriores, como en abril de este año y dos veces el año pasado- deberían ser motivo de alarma. Pero mucho más aterrador es el hecho de que las existencias nucleares enteras de Corea del Norte consistan en 60 armas nucleares, en comparación con las 6.970 propiedad de Estados Unidos, de las cuales 1.750 están operativas.

Para ubicar estos números en una perspectiva global, se estima que hay 15.000 armas nucleares en todo el mundo.

Mientras que los norcoreanos requieren una sexta prueba exitosa para poner una ojiva nuclear en misiles balísticos intercontinentales (ICBM), los Estados Unidos habían llevado a cabo 1.030 ensayos nucleares de este tipo, comenzando en julio de 1945.

Seguramente, uno no puede excusar el comportamiento necio y desesperado de Pyongyang y de su “amado líder “. Pero la verdad es que Kim Jong-un se está comportando de una manera consistente con el legado de sus antepasados, dictadores paranoicos, desesperados por sobrevivir en medio de las rivalidades globales y de una guerra regional que nunca ha terminado realmente.

De hecho, en esta crisis hay algo más que Kim Jong-un y sus impredecibles payasadas.

En los principales medios de comunicación, a Corea del Norte se le suele denominar como una “nación con un altísimo nivel de secretismo”. Tales referencias dan a expertos y políticos una plataforma incontestable para hacer cualquier suposición que les convenga. Pero el legado de la Guerra de Corea (1950-53), que dividió a Corea y sus pueblos, no es un secreto. Se estima que 4 millones de personas murieron en esa guerra salvaje, incluyendo a 2 millones de civiles.

Estados Unidos y sus aliados lucharon esa guerra bajo la bandera de las nacientes Naciones Unidas. No es muy difícil imaginar por qué los norcoreanos detestan a Estados Unidos, desconfían de los aliados estadounidenses y detestan a la ONU y sus repetidas sanciones, especialmente porque el país sufre a menudo de inseguridad alimentaria, entre otros problemas.

El liderazgo norcoreano también debe seguir el desarrollo entre Irán y Estados Unidos en relación con el acuerdo nuclear firmado en 2015.

Si bien las dos cuestiones se discuten a menudo por separado, deben vincularse por diversas razones.

Una de estas razones es que Corea del Norte, también, llegó a varios acuerdos con Estados Unidos a través de mediadores en los años 1990 y 2000 para frenar su programa nuclear. En 2005 acordó abandonar “todas las armas nucleares y los programas nucleares existentes”.

La cuestión nunca se persiguió con la seriedad necesaria, en parte porque Estados Unidos requiere algún tipo de amenaza para justificar su presencia militar en Asia Oriental, para desafiar allí la creciente influencia china.

Pero el coste de esa política llega a un alto precio, ya que la amenaza nuclear nuevamente está emergiendo, repitiendo los escenarios anteriores y preparando el escenario para un conflicto total.

Irán no tiene armas nucleares. El acuerdo nuclear alcanzado con Occidente – oficialmente llamado el Plan Integral Conjunto de Acción – requirió el levantamiento de la mayoría de las sanciones a Teherán, a cambio de que ésta última frenara su programa nuclear.

Imagen de la embajadora de Estados Unidos ante la ONU Nikki Haley el 16 de mayo de 2017 [Mohammed Elshamy / Agencia Anadolu]

Sin embargo, siguiendo el acuerdo, un corto período de relativa calma entre Teherán y Washington terminó con una hostilidad renovada. La embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley, está presionando para imponer más sanciones contra Irán, lo que indujo al presidente iraní, Hasan Rouhani, a advertir que su país está dispuesto a cancelar el acuerdo nuclear “en cuestión de horas” si se imponen nuevas sanciones.

Rouhani denominó a Washington “no un buen socio”.

Habiendo llegado también a sus propias conclusiones de que Washington no es “un buen socio”, los norcoreanos parecen decididos a adquirir los misiles balísticos de clase ICBM, necesarios para miniaturizar las armas nucleares para que se ajusten a las ojivas. Al lograr este hito inquietante, Pyongyang sentiría que tiene una buena oportunidad de llegar a un acuerdo más concreto en futuras negociaciones con Washington.

Este último, por lo menos por ahora, está utilizando el estallido de Corea del Norte para avanzar en su “pivote hacia Asia”, un proceso que hasta ahora ha fracasado y que comenzó bajo la administración de Barack Obama. El motivo detrás de la política es rodear a China con aliados de Estados Unidos y material militar que impediría que el ejército chino expandiera su influencia más allá de sus aguas territoriales inmediatas.

Ciertamente, China ha estado durante algún tiempo frustrada por el comportamiento de Corea del Norte y, de hecho, se ha unido a Rusia y a otros para imponer más sanciones de la ONU contra Pyongyang. Sin embargo, teniendo en cuenta que China entiende plenamente que el comportamiento de Washington está motivado en gran medida por su deseo de detener a una China expansionista, Beijing sabe que la batalla por Corea del Norte es también una lucha por el propio liderazgo regional de China.

En un editorial reciente, el Global Times, publicado por el Diario Popular del Partido Comunista Chino, tenía este mensaje tanto para Washington como para Pyongyang:

“Si Corea del Norte lanza misiles que amenazan primero el suelo estadounidense y los Estados Unidos toman represalias, China permanecerá neutral”, escribió. Pero si Estados Unidos y su aliado, Corea del Sur, se enfrentan a Pyongyang y tratan de “derrocar al régimen norcoreano y cambiar el patrón político de la península coreana, China evitará que lo hagan”.

Mientras que muchos en Washington se centraron en la palabra “neutral”, no prestaron mucha atención a la frase “los evitará”. China está hablando claramente de una intervención militar, ya que tanto China como Corea del Norte siguen siendo aliados después de un tratado que firmaron en 1961 .

Tanto Trump como Kim son figuras dudosas, impulsadas por egos frágiles y juicios sin sentido. Sin embargo, ambos están en una posición que, si no se ve dominada pronto, podría amenazar la seguridad global y la vida de millones de personas.

Sin embargo, el problema es mucho mayor que dos líderes desquiciados. Hay otros siete países que poseen armas nucleares. Se trata de Rusia, India, Pakistán, Israel, China y Francia. Estas armas sólo tienen un uso horrible.

Si la intención es, de hecho, hacer del mundo un lugar seguro, no hay necesidad de que nadie los posea, con fines de “disuasión” o cualquier otro. Ni Washington, ni Pyongyang, ni Tel Aviv, ni nadie más debería mantener al mundo como rehén, exigiendo rescate político y económico a cambio de no destruir nuestro planeta.

Invertir en ese mal en un momento en que el mundo ya está sufriendo a causa de la guerra, la desigualdad económica, el hambre y los desastres climáticos, es la definición misma de la locura.

 

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