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Oriente Medio cerca de usted

Puede que la batalla militar por Mosul haya empezado, pero la auténtica batalla aún está por comenzar

Hasta que no integremos de forma más acertada los esfuerzos militares y humanitarios, confiriendo a ambos aspectos la misma importancia, los problemas continuarán.

Ninguna de las personas con las que he hablado sobre la recientemente iniciada batalla por Mosul se muestra particularmente optimista. Los soldados iraquíes están nerviosos porque conocen bien, por sus amargas experiencias previas, lo peligrosa que puede llegar a ser una ciudad controlada por el grupo terrorista Daesh, con su costumbre de llenar las calles de trampas explosivas. La ONU está furiosa porque la mitad del dinero que había sido prometido por la comunidad internacional todavía no ha llegado. Y la sociedad civil y los agentes humanitarios están preocupados por el hecho de que la mayoría de los refugiados que huyen de Mosul prefieren dirigirse hacia el sur, lejos del poco acogedor norte kurdo. El sur, sin embargo, es donde menos campos de refugiados se han construido. Para decirlo sin rodeos, la ayuda que necesitan los refugiados de Mosul está en el lugar equivocado.

Lo que parece que ha pasado es que los planificadores militares -una vez más- han considerado los aspectos humanitarios como algo que hacer a posteriori. “Se han pasado meses planeando la reconquista de Faluya”, me cuenta un veterano cooperante que trabaja ahora en los alrededores de Mosul, “y a nosotros nos han avisado a última hora”. Me explicó que ha habido semanas de retrasos por parte del gobierno de Bagdad, que ha impedido el paso de los camiones de comida y agua hacia la ciudad, por lo que los campos instalados por la ONU podrían tener que ser abastecidos por ONG´s independientes.

Las familias llegan extenuadas desde las zonas interiores de Faluya, habiendo atravesado caminos repletos de campos de minas colocadas por Daesh o viendo como sus familiares son cazados por los yihadistas. Finalmente son recibidos en “campos” que lo único que tienen de ello es el nombre, pues las tiendas de campaña se acabaron hace una semana y los suministros de comida y agua son lamentables. Al menos, sin embargo, la ayuda está en el lugar correcto.

En Mosul, los líderes civiles kurdos no quieren que esta última ola de refugiados, la mayoría de los cuales son actualmente musulmanes sunníes, se aprovechen de los recursos que ellos piensan han de servir para un futuro Estado kurdo, por lo que han cerrado las fronteras terrestres. Por si fuera poco, los sunníes de Mosul contemplan a las Fuerzas de Movilización Popular o las Brigadas de Hashd Al-Shaabi casi con el mismo miedo que a los luchadores de Daesh. Las milicias chiíes parecen ser las responsables de la desaparición de cientos de civiles después de que la batalla de Faluya se calmase; y ahora están establecidos al norte y al este de la ciudad.

Al oeste solamente hay más combatientes de Daesh, pero parece que el miedo a las represalias por parte de los combatientes kurdos  o de las milicias chiíes está haciendo que una minoría de entre ellos opte por someterse a las reglas del autodenominado “Estado Islámico”. Otros han sido obligados a hacerlo, usados como escudos humanos por los yihadistas.

La mayoría, en cambio, dirigirá su mirada hacia el sur e intentará huir hacia Tikrit o Kirkuk. Sin embargo, Daesh todavía controla muchas de estas áreas, y si no es Daesh el que impide que la ayuda llegue a los sitios adecuados, será la maniatada administración de Bagdad quien lo haga. De nuevo, esta es una lección que pudo haber sido aprendida de la experiencia de Faluya, donde los trámites y garantías necesarias tardaron semanas en llegar; e incluso entonces, cuando los agentes humanitarios llegaron a los checkpoints en la carretera de Bagdad, un sólo comandante inepto podía alargar el proceso varias horas o incluso días. Para evitar acabar cayendo de nuevo en este desorden, muchas de las ONG han optado por establecer campos de refugiados en el norte, tras los puestos de control kurdos, que están repeliendo a los refugiados de Mosul. Es una estrategia nacida de la frustración. Sólo un puñado de ONGs están establecidas al sur de la ciudad, principalmente aquéllas con mayor proporción de trabajadores iraquíes, que tiene mejores vínculos con el gobierno.

En definitiva, la situación tanto en Faluya como en Mosul nos muestra un problema fundamental en lo que respecta a la estabilización de Oriente Medio. La guerra no suele traer estabilidad, y si lo hace, la estabilidad  sólo dura mientras hay comida y agua después de que la última bala ses disparada. Hasta que no integremos de forma más acertada los esfuerzos militares y humanitarios, confiriendo a ambos aspectos la misma importancia, los problemas continuarán.

En Faluya, había una población relativamente homogénea y un amplio acuerdo sobre quién debía y quién no debía dirigir la ciudad en la posguerra. En Mosul, en cambio, se encuentran varias facciones kurdas, chiíes iraquíes , grupos sunníes, Turquía, Estados Unidos y las fuerzas especiales británicas; los helicopteros venidos desde Bagdad y cazas militares y drones desde todas partes, todos ellos representado intereses diferentes para el futuro de la ciudad. ¿Cuánto tiempo se tardarán en clarificar estos intereses entre todas estas fuerzas? y, ¿cuánto tiempo se prolongará el estatus secundario de los refugiados? El tiempo lo dirá, pero, si bien la batalla militar ya ha comenzado, la auténtica batalla aún está por llegar.

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