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La traición saudí va más allá de un acercamiento a Israel

Hoy en día, bien podríamos decir que Arabia Saudí está haciendo "toenadering" con Israel y preguntarnos si esto es un problema que atañe solamene a la Casa Saud o si tiene ramificaciones que implican a los palestinos y musulmanes alrededor del mundo. El contexto del "toenadering" de Arabia Saudí con el Estado sionista es totalmente distinto al del ejemplo sudafricano, y es esencial demostrarlo.

Toenandering es un término en afrikaans utilizado como burla por la derecha para describir la cercanía implícita existente entre el antiguo gobierno del Partido Nacional durante el Apartheid y los líderes del Congreso Nacional Africano (ANC). El objetivo era desacreditar las reuniones secretas con el ANC durante la era del Apartheid en Sudáfrica.

En los viejos y malos tiempos del Apartheid en nuestro país, los eslóganes advertían al volk afrikaner que “Swart deelname meen swart oorname” (la participación negra llevará a la toma del poder negra). Esta retórica refleja un periodo en la turbulenta historia de Sudáfrica en el que la lucha por el corazón y el alma del Afrikanerdom era una prioridad.

Al final, la fuerza de la razón prevaleció, y vimos la aparición de un sistema democrático. A pesar de las tácticas de miedo desplegadas por las fuerzas reaccionarias, Sudáfrica permanece en la trayectoria para colmar las justas aspiraciones de toda su gente.

Hoy en día, bien podríamos decir que Arabia Saudí está haciendo “toenadering” con Israel y preguntarnos si esto es un problema que atañe únicamente a la Casa Saud o si tiene ramificaciones que implican a los palestinos y musulmanes alrededor del mundo. El contexto del “toenadering” de Arabia Saudí con el Estado sionista es totalmente distinto al del ejemplo sudafricano, y es esencial demostrarlo.

Por ejemplo, los palestinos ofendidos por los encuentros de Riyad con los israelíes se oponen naturalmente a ellos debido a la continua ocupación de su territorio por Israel; no pueden ser considerados,por mucho que forcemos la dialéctica, como de derechas. De hecho, son verdaderamente el opuesto. Por otro lado, Arabia Saudí está gobernada por un régimen despótico no electo mientras que Israel está encarnando el neo-apartheid. Ambos comparten las credenciales de represivos, autocráticos, y cuentan con beligerantes fuerzas militares; ambos tienen un poderoso aliado en los EEUU, que les proporciona en sus tratos un fuerte equipamiento a base de armas de destrucción masiva.

Además de promover los intereses de los conglomerados industriales-militares occidentales, ambos regímenes se usan como núcleos para desestabilizar Oriente Medio bajo la premisa de la “Guerra contra el terror”. No sorprende el hecho de que la oposición legítima en ambos casos esté ilegalizada.

En el caso de Israel, los movimientos de resistencia como Hamas o la Yihad Islámica son criminalizados como “terroristas”. Lo mismo ocurre en el caso de Arabia Saudí, donde la disidencia interna está perseguida y grupos como la Hermandad Musulmana son declarados también como terroristas. Estas políticas engañosas se justifican por estar orientadas a cumplir el deseo occidental de vaciar el mundo de terrorismo y terroristas.

La otra gran diferencia es que el “toenadering” con el ANC resultó al final del apartheid, mientras que las aperturas de los saudíes están orientadas a reforzar el apartheid en Israel mientras que ademas se previenen contra la intromisión en el reino de las fuerzas progresistas y democráticas.

La conspiración contra la “Primavera Árabe” -práctica que tanto Tel Aviv como Riyad desarrollaron- es especialmente evidente en Egipto. Los saudíes e iraelíes no solo conspiraron para socavar el gobierno democráticamente electo de Mohamed Morsi, sino que también participaron activamente facilitando el golpe de Estado liderado por Abdel Fatah Al Sisi. Esto supuso un gran revés para la democracia en el mundo árabe, seguida de la invasión de Libia y el asesinato de Gadafi, que cercenaron de forma efectiva cualquier esperanza de que un proceso democrático pudiese prosperar.

¿Suena esto extraño? Lo es, de hecho. Especialmente para aquellos atrapados en la percepción de que la Casa Saud debe ser antagonista a los colonos israelíes de la mezquita de Al-Aqsa; y más aún para los musulmanes que creen estúpidamente que la monarquía saudí tratará de liberar el noble santuario.

Ahora que esta vana esperanza ha sido barrida en medio de las señales que indican que el “toenadering” es peor de lo que parece, un susurro gradual, casi dubitativo, comienza a oírse, cada vez más fuerte y mejor articulado. La Casa Saud está acusada de nada menos que traicionar la causa palestina y las aspiraciones musulmanas de todo el mundo de liberar la mezquita de Al-Aqsa de la ocupación israelí.

Cuando el régiman colonial fue impuesto en el territorio palestino, seguido de la ocupación de Jerusalén -donde yace Al-Aqsa-, los musulmanes de todo el mundo compartieron un sentimiento de pérdida. La liberación de la mezquita se ha convertido en un sinónimo de la lucha palestina por la libertad.

Mientras que Arabia Saudí se acerca a la frontera de la normaliación de relaciones con Israel, Riyad espera que su política de comprar el apoyo de las comunidades musulmanes desde Johannesburgo a Yakarta y de Londres a Lisboa, le inmunice contra estas críticas. Al ser los custodios por defecto de la Sagrada Ka’aba en la Meca y la mezquita del Profeta Mohamed (la paz sea con él) en Medina, permite al reino saudí cierto grado de liberación respecto a la Ummah musulmana. Reteniendo el poder para decidir quién y cuántos musulmanes pueden entrar en estos lugares sagrados ejercen una herramienta para mantener el control de los fieles mediante el miedo a las élites.

Por otro lado, los palestinos, decepcionados con la impotencia saudí, nunca estarán del todo sorprendidos ni en shock. Su experiencia con los dictadores árabes, ya sea en Egipto o Arabia Saudí, les ha abocado a no confiar demasiado en los traidores.

Además, como cuerpo colectivo, la Liga Árabe posee un demostrado historial de absoluta complacencia y falta de vertebración de una oposición respecto a la beligerancia israelí. Sería ingenuo pensar que el grupo llegará a condenar en algún momento próximo a Arabia Saudí por su “toenadering”; es sabido además que muchos de sus miembros han capitulado vergonzosamente frente a la hegemonía israelí en la región.

Estas limitaciones, afortunadamente, no se aplican a los activistas, escritores e intelectuales palestinos, así como a su altamente politizada sociedad civil. Tampoco se aplica a los musulmanes a lo largo del mundo. Todos ellos son capaces de enfrentarse a la traición de Arabia Saudí  en solidaridad con la búsqueda palestina de libertad y justicia. Muchos lo harán aún a riesgo de ser excluidos de las peregrinaciones a la Meca, Medina y Jerusalén. Lo verán como un precio a pagar si resulta necesario para acercar un paso más la liberación de Palestina y la  Mezquita de Al-Aqsa.

 

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Iqbal Jassat es investigador en el Media Review Center en Johanesburgo, Sudáfrica.

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