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Es hora de un auténtico partido antimperialista en la izquierda británica

Después de "Brexit", May parece encarnar el triunfo del consenso neoliberal sobre la insurgencia populista - que dirigió la campaña del "Leave"-.

Es oficial. El miércoles, David Cameron renunciará como primera ministra del Reino Unido y, Theresa May, asumirá el cargo. May, que ha sido ministra del Interior durante seis años, se convertirá en la 76a primera ministra del Reino Unido y se encargará de gestionar lo que probablemente sea una época turbulenta para el país.

En este contexto, es probable que su ascenso a la jefatura del Estado sea recibido como un retorno a la estabilidad tanto para el gobierno como para el partido gobernante, que ha sido acosado por luchas internas sobre cuestiones como la UE, la inmigración y los valores culturales y sociales contra el más puro neoliberalismo.

Después de “Brexit”, May parece encarnar el triunfo del consenso neoliberal sobre la insurgencia populista – que dirigió la campaña del “Leave”-.  Sin embargo, no puede haber ninguna duda de que el impacto de la retórica populista de derechas en la sociedad británica ha sido significativo. Aparte de los votos para salir de la UE, se ha producido un repunte a gran escala en las incidencias racistas y un aumento de la retórica nacionalista más visceral.

Sin embargo, mientras que la lucha por la primera posición en el partido conservador puede haber terminado, la lucha por el liderazgo en el partido Laborista aún está en marcha, y es posible ver esta competición como una representación de divisiones sociales mucho más amplias. De hecho – dada la importancia de las posiciones en política exterior de los laboristas en este debate – hay indicios suficientes para afirmar que la lucha por el poder en el partido laborista puede ser vista como el microcosmos de un conflicto más amplio entre dos visiones opuestas dela posición de Gran Bretaña en el mundo.

¿Ganará el discurso de la Gran Bretaña de siempre o lo hará una alternativa verdaderamente antiimperialista?

Theresa May, primera ministra.

Como ya he mencionado la semana pasada, las posiciones de la nueva primera ministra son bien conocidas en varios dominios, incluidos los relativos a Oriente Medio. Ella es una firme defensora de Israel postura que ha manifestado mediante actos como las ofertas de apoyo a la familia real saudí, pese a que otros ministros en el gobierno del Reino Unido se han distanciado públicamente del régimen, a causa del desarrollo de la muy controvertida guerra en Yemen. May también ha defendido una línea dura respecto a la inmigración, apoyando unas medidas draconianas diseñadas para que los refugiados que intentan cruzar el Mediterráneo se encuentren con militares en lugar de con ayuda humanitaria.

Por supuesto el ascenso de May viene dado por el contexto de la crisis del “Brexit”. Durante el período previo a la consulta ella se alineó oficialmente con el “Remain”, pero se mantuvo en silencio. Después del desastre, se las ha arreglado para mantener un aire de calma, a pesar de que ha habido una carnicería política, tanto en su propio partido como en las filas principales de los laboristas.

Ciertamente, circulan muchos rumores de que las elites del establishment británico están aliándose con May para consolidar el cargo rápidamente. La lógica detrás de esto tiene sentido desde su perspectiva por un par de razones. Sobre todo cuando este proceso evita batallas por el liderazgo dentro del partido conservador que no ayudarían a calmar la espiral de incertidumbre que actualmente está sangrando la economía del Reino Unido.

Del mismo modo, la rival de May, Andrea Leadsom, era una incógnita. Leadsom carecía de experiencia política real, articulada en unas posiciones políticas erráticas y con inclinación por el populismo, todo lo cual la convirtió en una amenaza para el status quo y la cúpula de Westminster.

¿Qué importancia tiene esto?

Por lo menos a corto plazo, parece probable que el panorama post-Brexit dejará a Reino Unido como una potencia disminuida en varios frentes. En particular, como consecuencia directa de la inminente retirada del Reino Unido de la UE, habrá tensas relaciones con sus aliados europeos, una pérdida potencial de importancia estratégica para Washington y una probable recesión económica. Por no mencionar el hecho de que la primera ministra May se verá obligada a dar prioridad a las negociaciones del “Brexit” y sus potenciales consecuencias para la integridad del Reino Unido, durante la mayor parte del resto de su legislatura.

Por otra parte, los factores más amplios ya han establecido una tendencia a la disminución de la influencia británica en el extranjero, incluyendo: el impacto de los seis años de medidas de austeridad liderado por los conservadores, que han revertido las capacidades de poder blando y duro, tanto el del Reino Unido; el daño duradero a la imagen del Reino Unido por su asociación con la guerra de Irak; y el aumento de la relación de potencia / capacidad de los rivales potenciales, sobre todo en lo tocante a China y Rusia.

Sin embargo, a pesar de todo esto, el Reino Unido sigue siendo una fuerza importante en el escenario internacional. Reino Unido mantiene un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, una fuerza de disuasión nuclear continua en el mar y una contribución significativa a la OTAN, la alianza militar más importante del mundo. Además, como se discutió en un artículo anterior, el Reino Unido también goza de importantes y duraderas relaciones diplomáticas y de seguridad con varios estados de Oriente Medio – en particular las monarquías del Golfo y la península arábiga – así como importantes vínculos comerciales con otros. Es poco probable que cualquiera de éstos se vean afectados directamente por el “Brexit”.

De este modo, May, como primera lord del Tesoro, será la jefa ejecutiva del gobierno británico y, como nos recuerda el informe Chilcot, en una posición con capacidad de tomar decisiones trascendentales que pueden tener un impacto duradero en Oriente Medio y en el lugar de Gran Bretaña en el mundo.

La oposición más leal de Su Majestad

Existe, por supuesto, la otra cara de estas maquinaciones políticas. La agitación actual en el partido laborista representa un serio desafío a la posibilidad de restaurar el status quo en la política británica. De hecho, el actual líder de los laboristas, Jeremy Corbyn, encarna una ruptura en el consenso neoliberal que ha dominado la política británica desde la década de 1970.

Corbyn es pro-Palestino, contrario a la guerra (tanto en Irak como en Siria), anti-armasnucleares y tal vez ha logrado sus mayores éxitos como líder de la oposición, poniendo en relieve la complicidad de Gran Bretaña con los regímenes dictatoriales del Golfo Pérsico.

 

Tal vez debido a estas posiciones – y su guerra abierta contra el ex líder laborista, Tony Blair, por su impulso a la desastrosa guerra en Irak – Corbyn ahora se enfrenta a una grave amenaza de ser usurpado. Esto quizás vendrá bajo la forma de Angela Eagle – que votó por las guerras en Irak y Siria – pero que ha mantenido una postura razonable de ” izquierda suave” en asuntos internos.

¿Reorganización entre las partes?

La semana pasada salió a la luz que conversaciones secretas habían tenido lugar entre el ala más a la izquierda del partido conservador y el ala pro-empresarial laborista para formar presuntamente un nuevo partido de centro pro-UE.

Sin embargo, si pierde Corbyn–y si lo hace, es probable que sea como resultado de un detalle técnico – bien puede significar que el movimiento obrero se separaría de todos modos. Después de todo, es poco probable que el crecimiento masivo del número de miembros del partido laborista, que se ha producido bajo su dirección, se pueda mantener si está dirigido por alguien que se opone a muchas de las posiciones centrales que Corbyn defiende.

La necesidad de coherencia antiimperialista

Es comprensible que, a raíz del informe Chilcot, haya habido un gran encuentro entre las numerosas voces que se pronunciaron en contra de la guerra en 2003, que emanan de todos lados en la cámara de los Comunes. Sin embargo, aunque había una seria oposición desde dentro del parlamento – incluso dentro del gobierno – en ese momento, no había suficiente coherencia y fuerza en el argumento anti-intervencionista en el momento de resistir la intervención del Reino Unido en la guerra. Una historia similar se puede contar sobre la votación más reciente sobre la campaña de bombardeos en Siria.

Sin embargo, no podemos olvidar que fuera del parlamento – literalmente, en el caso de la mayor protesta popular en la historia británica – una verdad que ha llevado a Chilcot más de dos millones de palabras para articularla, ya era ampliamente conocidapor más de un millón de personas que marcharon en contra de la guerra en 2003. Estaba claro para los manifestantes que la guerra era un error, y que Gran Bretaña estaba jugando a hacer de juez internacional, un rol para el que no tenía autoridad moral y que difícilmente podía llevar con honestidad.

De hecho, es posible trazar una línea más o menos directa entre la dirección actual de Corbyn y  el movimiento contra la guerra, e incluso hacia una porción más amplia de la sociedad británica. Esta línea es una narrativa que desafía la creencia convencional de que Gran Bretaña es un país excepcional debido a su pasado imperial, del que se derivan derechos–a raíz de este legado imperial –para seguir desempeñando capital en la historia.

En cambio, esta narrativa alternativa progresista ve Gran Bretaña como un país verdaderamente democrático y multicultural, unido a través de un sentido de identidad civil –y no de superioridad cultural – y que el Reino Unido no es mejor ni peor que cualquier otra nación. Considera las recientes aventuras militares en términos de continuidad con el pasado imperial y por tanto rechaza su legitimidad.

 

Tiempo de cambio

La lucha por el poder en el partido conservador ha terminado por ahora. El populismo de derechas puede haber perdido la batalla por la jefatura del gobierno para incorporar el conservadurismo, encarnado por Theresa May, pero el mayor impacto de su campaña contra la inmigración y la UE ha tenido un impacto cultural mucho más amplio.

La lucha por el poder en el partido laborista está todavía en curso. Si es la maquinaria del partido quien impone un candidato mainstream como Angela Eagle a la cabeza del partido, entonces veremos que el servicio se ha normalizado a través de los dos principales segmentos de la clase política.

Sin embargo, si Corbyn se mantiene o la izquierda del “No a la guerra” encuentra otra manera de mantener un papel destacado dentro del gobierno, entonces quizás otro impacto cultural similar se pueda sentir en términos de la incorporación de una más amplia, más racional, más comprensiva situación de Gran Bretaña en el mundo.

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