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Cómo Sudamérica se convirtió en un aliado objetivo del régimen de Assad

Uno hubiera podido esperar de las democracias jóvenes cierta empatía hacia el levantamiento popular en Siria. Sin embargo, los gobiernos de América del Sur han mostrado indiferencia en el mejor de los casos, cuando no apoyo explícito hacia el presidente sirio, Bashar Al-Assad.
Columnas de soldados del ejército sirio

Uno hubiera podido esperar de las democracias jóvenes cierta empatía hacia el levantamiento popular en Siria. Sin embargo, los gobiernos de América del Sur han mostrado indiferencia en el mejor de los casos, cuando no apoyo explícito hacia el presidente sirio, Bashar Al-Assad.

Temprana reconciliación con Assad

Tras largas décadas de relaciones cordiales pero limitadas, varios países de América del Sur se acercan al régimen de Siria en el contexto de la ASPA (América del Sur – Países Árabes), un marco interregional de cooperación puesto en marcha por el presidente de Brasil, Luis Inácio Lula da Silva en 2005. Para Bashar al-Assad, la plataforma proporcionaba una buena oportunidad de romper el aislamiento impuesto a Siria por parte de las potencias occidentales.

El Brasil de Lula estaba destinado a ayudar en este proceso, ya que el país se había abstenido de un año antes de votar por la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU que pidió a las “tropas extranjeras” la retirada del Líbano y dejar de intervenir en la política interna del Estado; esto era una referencia implícita a Siria. La diplomacia brasileña había justificado su posición declarando que consideraba la resolución “perjudicial” para “la estabilidad de la región”. Aunque el país se alinearía posteriormente con las potencias occidentales, el punto de vista de Brasil fue interpretado por los diplomáticos sirios como un buen precedente. Estaban en lo cierto; Siria incluyó con éxito en la Declaración Final ASPA de Brasilia (2005) en un párrafo que condena las sanciones estadounidenses unilaterales adoptadas contra el régimen de Assad en diciembre de 2003. Esta postura fue reafirmada en 2009 en la Declaración de Doha durante la segunda Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la ASPA.

La retórica anti-imperialista de Siria sonaba atractiva para los gobiernos de izquierda de América Latina. En junio de 2007, el Partido de los Trabajadores de Brasil (PT) firmó un acuerdo en Damasco con el Baaz sirio para “favorecer los intercambios y las visitas”, “tratar de coordinar puntos de vista” en los foros internacionales y “reforzar la cooperación entre las organizaciones populares y los representantes de la sociedad civil”. Del mismo modo, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez vio este acercamiento con Siria como la extensión natural de la nueva alianza de su país con Irán y su creciente antagonismo hacia Israel. En 2006, Chávez y Assad emitieron una declaración conjunta que indicaba que se sentían “firmemente unidos contra la agresión imperialista y las intenciones hegemónicas de los Estados Unidos”. Como prueba de esta nueva asociación, Chávez visitó Siria en tres ocasiones, una en agosto de 2006, otra en septiembre de 2009 y la última en octubre de 2010.

En junio de 2010, Bashar Al-Assad, se embarcó en una gira histórica por América Latina con el fin de favorecer los intercambios económicos bilaterales y atraer a nuevos inversores. El presidente sirio fue recibido con todos los honores en Brasil, Argentina, Venezuela y Cuba. Se han firmado decenas de acuerdos, que abarcan los terrenos de la agricultura, la industria del petróleo y el turismo. Ese mismo año, Siria se unió a la ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de las Américas – un proceso de integración regional en marcha por los gobiernos de izquierda) como un “miembro asociado”.

Entre la supuesta equidistancia y el apoyo explícito para con el régimen sirio

Después de seis años de fortalecimiento de las relaciones con el régimen, el levantamiento popular de Siria tomó a los gobiernos de sudamericanos por sorpresa. Los movimientos pro-democracia en el mundo árabe se hicieron eco del proceso de democratización de la región hace tres décadas. Cuando una ola de represión sin precedentes cayó sobre manifestantes desarmados, los diplomáticos sudamericanos parecieron confundidos sobre la actitud a tomar hacia el régimen sirio.

Sin embargo, la narrativa de que Siria estaba luchando contra una conspiración para derribar al régimen de Assad “antiimperialista” rápidamente fue ganando apoyo. En un contexto de críticas crecientes sobre la participación de la OTAN en Libia, la mayoría de los gobiernos de América del Sur comenzaron a preocuparse más por la posibilidad de una intervención militar occidental en Siria que por la brutal represión organizada contra los manifestantes. En junio de 2011, el canciller brasileño Antonio Patriota advirtió de que Siria y Libia eran incomparables, ya que, “a diferencia de Muamar Gadafi”, Assad estaba mostrando “una voluntad de diálogo y para promover reformas electorales”.  Brasil estaba, de hecho, tratando de establecer una iniciativa diplomática en esa dirección con sus socios de la India y de Sudáfrica. De acuerdo con esto, a principios de octubre de 2011, Brasil se abstuvo junto con la India, Sudáfrica y Líbano de  votar la resolución dirigida por la UE y Estados Unidos que proponía nuevas sanciones contra Siria; la medida fue en cualquier caso vetada por Rusia y China.

Esta misma desconfianza contra el intervencionismo también explica por qué todos los países de América del Sur apoyaron firmemente el plan de Rusia para “retirar y destruir” las armas químicas de Siria, permitiendo al régimen baazista evitar ataques punitivos de los Estados Unidos en respuesta al ataque químico en Ghouta de 2013, que mató a cientos de personas, incluyendo niños. Los entonces presidentes de Brasil, Dilma Rousseff y de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, se opusieron verbalmente a una posible intervención militar en Siria, lo que podría, según ellos, “añadir más horror a los horrores”.

Brasil y Argentina se proclamaron estrictamente equidistantes, con una condena de la violencia simétrica en ambos lados, y una llamada a la reanudación de un diálogo político. Por ejemplo, Brasil no se unió a ninguna de las reuniones de los “Amigos de Siria”, lanzadas en 2012 por Francia para apoyar a la oposición siria, aunque comenzó como una coalición muy amplia con ninguna misión clara. Por el contrario, los diplomáticos brasileños asistieron a Ginebra II en enero de 2014, que contaba esta vez con la presencia de Rusia y de los representantes de la oposición y del régimen baazista.

Sin embargo, esta supuesta neutralidad a menudo tiende a deslizarse hacia un apoyo tácito a Assad. La alianza de Brasil con Rusia dentro del grupo BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) sin duda contribuye a ello. La declaración final de la reunión de los países de BRICS de 2015, terminaba por condagrar su apoyo a la politca de interb¡vención de Rusia en Siria (brics2016.gov.in/delcarations/7th%20Declaration_eng.pdf). Aunque no dijeron ni una palabra sobre los crímenes del régimen de Assad, los gobiernos  de BRICS  “condenan en los términos más enérgicos el terrorismo en todas sus formas […] cometido por el llamado Estado Islámico de Irak y el Levante, el Frente Al-Nusrah y los grupos terroristas asociados”.  Su indignación selectiva y su vaga definición de quiénes son estos ” grupos terroristas asociados ” se repitió en los comunicados de prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores de Brasil. Desde el comienzo de 2016, por ejemplo, los diplomáticos brasileños han condenado sucesivamente a Daesh, los ataques en Deir Ez-Zor, en el distrito Sayeda Zeinab (al sur de Damasco), en Jableh y en Tartús (todos ellos bajo el control del régimen) pero permaneció en silencio sobre la campaña rusa de bombardeo contra Alepo, a pesar de la destrucción deliberada de hospitales, escuelas y panaderías. Brasilia, en realidad ha desarrollado una diplomacia de dos caras, que apoya el trabajo y las conclusiones de la Comisión Internacional de Investigación Independiente del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre Siria, primero dirigida por el brasileño Paulo Sérgio Pinheiro, mientras que al mismo tiempo mantiene las relaciones con el gobierno sirio, a pesar de su política de masacres y homicidios ilícitos de civiles.

Venezuela ha ido mucho más lejos. Desde diciembre de 2011, el país se ha opuesto a todas las resoluciones de la Asamblea General de la ONU que critican al gobierno sirio. Para ayudar al régimen baazista a hacer frente a las sanciones, la empresa estatal de petróleo (PDVSA) proporcionó dos cargamentos de 300.000 barriles cada uno en 2012, cuando Siria tenía una necesidad urgente de combustible. Como era de esperar, pero en clara contradicción con los principios de no intervención, Venezuela apoyó explícitamente la campaña militar que Rusia inició en Siria en septiembre de 2015, supuestamente en contra del Daesh.

La influencia de la diáspora Siria y el Líbano

El antiimperialismo y el no intervencionismo constituyen dos componentes fundamentales en la política exterior de América del Sur hacia Siria, y esto explica por qué los gobiernos de izquierda han estado buscando un acercamiento con Assad. Sin embargo, la ideología  por sí sola no explica esto.

La influencia de algunos segmentos de la diáspora Siria y el Líbano es otra variable importante. No es casual que los tres países que han adoptado una política exterior más visible hacia Siria también albergan las mayores comunidades de origen sirio y libanés, que tienen una larga historia en América Latina. A principios de la década de 1860, un número significativo de sirios y libaneses comenzó a emigrar a las Américas. La mayoría eran o cristianos o de otras minorías que fueron discriminados bajo el Imperio Otomano. Al mismo tiempo, la explosión demográfica en Oriente Medio y la falta de trabajo animó a muchos más a emigrar por razones económicas. Una emigración masiva de sirios y libaneses a América del Sur tuvo lugar entre los años 1860 y la década de 1950. Una parte significativa de los inmigrantes y sus descendientes se cuentan hoy entre las elites políticas y económicas de sus países de acogida.

Indiferentes durante décadas hacia la política en Siria (aunque un pequeño grupo de militantes del Partido Social Nacionalista Sirio (SSNP) y el Baaz fueron usados para mantener los lazos políticos transnacionales) tanto la visita de Bashar Al-Assad en 2010 como la guerra han provocado una politización sin precedentes en los integrantes de esta diáspora. La gira latinoamericana del presidente sirio era entonces parte de una estrategia mucho más amplia para conectar a las comunidades con el patrimonio sirio en todo el mundo, así lo demuestra la creación en 2002 del Ministerio de Expatriados (Wizara Al-Mughtaribun), que finalmente se fusionó con el Ministerio de Asuntos Exteriores en abril de 2011. La visita de Assad abrió el camino a la propaganda del régimen; la guerra y sus atrocidades hicieron el resto.

Mayormente dominado por los cristianos, y en menor medida por los musulmanes chiíes (imamíes del Líbano y alawitas de Siria), las instituciones árabes y sirio-libanesas en América Latina han reproducido las líneas sectarias del conflicto en Siria. La Federación de Entidades Árabes (FEARAB) en Brasil y Argentina se convirtió en fiel defensora del régimen, por lo general calificándolo como “progresista”, “secular” y “representante legítimo del pueblo sirio.” Las manifestaciones de apoyo a Assad o “Siria”se han organizado en Sao Paulo y en Buenos Aires, mientras que los miembros prominentes de Fearab han difundido la narrativa del régimen entre sus redes de poder.

 

La pequeña comunidad suní árabe en América Latina también ha tratado de hacerse oír en defensa de la oposición siria. Sin embargo, poco organizados y con una red política pobre, se ha mantenido bastante invisible.

La diáspora sirio-libanesa juega un papel aún más directo en Venezuela. Adel Al-Zebayar, un miembro del Parlamento del PSUV en el poder, no sólo es de origen sirio y presidente de la Federación de Entidades Árabes (FEARAB) de Venezuela, sino también un influyente consejero del Ejecutivo en materia de política exterior. En 2013, dejó el país durante varios meses para ir a Siria con la intención de unirse a la “resistencia” (Brigadas populares que apoyan a Assad) La Fearab también cuenta entre sus directores a Ammar Jabour, otro funcionario del gobierno que oficia como “Director de Coordinación de Cultura y Solidaridad con los Pueblos” en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Él es el hermano de Yul Jabour, un legislador del Partido Comunista (un aliado PSUV) y el Presidente del Grupo de Amistad entre Siria y Venezuela y del Comité de Asuntos Exteriores en la Asamblea Nacional. También organiza o participa la mayoría de los eventos que apoyan el régimen sirio en Venezuela.

A pesar de las apariencias, sería un error pensar que los gobiernos de derecha en América Latina traerían un cambio de perspectiva de 180 grados con respecto a la cuestión siria. Michel Temer, presidente interino de Brasil, que asumió el cargo después del controvertido proceso de juicio político contra la presidenta democráticamente elegida, Dilma Rousseff, es de ascendencia libanesa. Él también mantiene fuertes lazos con las organizaciones sirio-libanesas y, desde luego comparte sus puntos de vista sobre Assad. Rumores han surgido recientemente de que está a punto de reabrir la embajada de Brasil en Damasco, que fue cerrada en julio de 2012 por razones de seguridad.

Un condicionamiento pavloviano  en una región plagada de intervenciones de Estados Unidos en su propio territorio, este principio anti-intervención ha hecho a las democracias de América Latina ciegas al sufrimiento del pueblo sirio a manos de su propio gobierno. Mientras que las voces de intelectuales y activistas latinoamericanos que son críticos de Bashar Al-Assad son poco frecuentes, la equidistancia proclamada por los diplomáticos de América del Sur, convierten, de facto, a la región en un aliado objetivo del régimen de Damasco.

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Cecilia Baeza es lectora en la Fundación Getulio Vargas de Sao Paulo, en Brasil. Es cofundadora de RIMAAL, una red de inestigadores sobre los vínculos entre América Latina y Oriente Medio. Actualmente realiza su doctorado en relaciones internacionales en una institución pariasiana de Ciencias Políticas.

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