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Oriente Medio cerca de usted

Sal occidental en una herida oriental

Taoufik Bouachrine

 

Si me pidieran respaldar o aprobar el artículo publicado en el número más reciente de The Economist, bajo el título “La ruptura de los estados árabes: la guerra interna”, no lo dudaría. Proporciona un diagnóstico exacto y objetivo, lo que no es de extrañar tratándose de la revista más antigua de Europa. El artículo comienza como sigue: “Cuando Sir Mark Sykes y Francois Georges-Picot trazaron en secreto sus líneas sobre el mapa de Levante para repartir el Imperio Otomano en mayo de 1916, en el punto álgido de la Primera Guerra Mundial, a duras penas podrían haber imaginado el caos que estaban desencadenando: un siglo de traición imperial y resentimiento árabe; inestabilidad y golpes de estado, guerras, desplazamiento, ocupación y fracaso de las negociaciones de paz en Palestina; y, casi en todas partes, opresión, radicalización y terrorismo.”

Éste es el contexto histórico de los sufrimientos de hoy, cuando las naciones colapsan y las guerras se expanden. Sin embargo, la revista culpa a los propios árabes de esto. Continúa: “Todo esto no supone tanto un choque de civilizaciones como una guerra dentro de la civilización árabe. Los extranjeros no pueden arreglarla, aunque sus acciones podrían contribuir a mejorar la situación un poco, o a empeorarla mucho. Pero en primer lugar, la solución tiene que venir de los propios árabes”.

El autor del artículo dice que “debemos cuidarnos de las respuestas fáciles” y enumera cuatro ideas que considera minas peligrosas que podrían complicar aún más la situación en el mundo árabe y deben ser por ello repudiadas. La primera es la noción de que la modificación de las fronteras de los países árabes puede crear estados más estables que coincidan con los contornos étnicos y religiosos de la población. Argumenta que éste no es el caso y que no hay líneas que se puedan usar para dividir limpiamente una zona con diversos grupos étnicos y sectarios. Un nuevo Sykes-Picot traería consigo el riesgo de crear nuevas catástrofes y podría llevar incluso a un derramamiento de sangre aún mayor, puesto que cada cual trataría de imponer su influencia y control sobre el terreno y de eliminar a los rivales. Por el contrario, lo que se debe entender es que la descentralización y el federalismo ofrecen mejores soluciones en una zona tan frágil y sensible como lo es la región árabe.

La segunda idea que la revista considera destructiva, es la sugerencia de que la autocracia árabe es la forma de luchar contra el extremismo y el caos. En Egipto, el gobierno de Al-Sisi significa opresión, tiranía e incompetencia económica, así como un creciente descontento popular. En Siria, Al-Assad y sus aliados están tratando de representar al régimen como la única facción capaz de controlar el caos. Sin embargo, lo cierto es lo contrario, puesto que la violencia de Al-Assad constituye el principal motivo para la confusión y el caos en el país. El autoritarismo árabe no ofrece la base para la estabilidad, y esto debería estar claro por lo menos desde las revueltas de 2011.

La tercera idea que deberíamos rechazar, según The Economist, es que el islam es el motivo que está detrás de todo este desastre. Y si hubiera que acusar al islam de ser el problema, entonces ¿qué islam sería ése? ¿El islam practicado por Abu Bakr Al-Baghdadi, que cree en las decapitaciones, el modelo revolucionario iraní, o el islam defendido por los líderes de Ennahda en Túnez, que ahora se autodenominan “musulmanes democráticos”? Lo único que se alcanza a través de la demonización del islam es reforzar en el mundo la visión maniquea de Daesh.

La última idea que debería ser eliminada de la agenda para salvar al mundo árabe sería que EE.UU. debe cesar por completo con sus repetidas intervenciones en los asuntos de la región. Los extranjeros con frecuencia han empeorados las cosas; la invasión americana de Irak en 2003 liberó a sus demonios sectarios. Pero la idea de que EE.UU. deba apartarse de la región puede ser tan desestabilizadora como la intervención, como demuestra la catástrofe de Siria.

The Economist cree que la solución para las crisis del mundo árabe requiere la derrota de Daesh, una solución política para que los suníes en Irak y en Siria gocen de todos sus derechos y un acuerdo entre Irán y Arabia Saudí que ponga fin a sus disputas. La revista también cree que se deben hacer reformas en los países que han sobrevivido a las revueltas. Los países árabes han de saber que las viejas herramientas de poder ya no son útiles: el petróleo seguirá con un precio bajo por un largo periodo de tiempo, y la policía secreta no puede acabar con la disidencia. También es importante que Arabia Saudí ayude a su sociedad a abrirse y que tengan éxito sus reformas para destetar al país del petróleo.

Añadiré un punto más. Una postura occidental y oriental fuerte contra Israel, con el fin de resolver el conflicto palestino de una manera que satisfaga a árabes y palestinos es clave. Esta herida se alimenta de otras heridas en el cuerpo de una nación que se siente ofendida por haber sido desgarrada por el acuerdo Sykes-Picot hace ahora cien años.

 

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