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La agitación política de Sadr se torna en farsa

Aparentemente poniendo al primer ministro Haidar Al-Abadi y al sistema contra las cuerdas, Sadr ha dirigido numerosas protestas en los últimos meses.

Las noticias provenientes de Irak durante los últimos dos meses han sido un torrente incesante de historias sobre el grande, el indomable, el honesto Muqtada Al-Sadr; clérigo chií extraordinario, líder espiritual del Bloque Ahrar de legisladores iraquíes y símbolo militar de las Brigadas de Paz de la milicia, parte de la extensión de la movilización militar-popular Hashd Al-Sha’abi sancionada por una fatua del ayatolá Ali Sistani. La ciudad árabe chií de Faluya está ardiendo bajo una lluvia de fuego de la artillería del gobierno de la Zona Verde y la psicopatía de Daesh, pero ¿a quién le importa? Aquí viene Sadr para arreglarlo todo.

Sadr, referido en burla por algunos iraquíes como “Moqtada Atari”, supuestamente en referencia a su afición a los videojuegos, que en ocasiones parece superar a la búsqueda del conocimiento islámico como corresponde a su condición clerical, está siendo ahora pintado como un gran reformista, un inspirado activista que hace campaña por los derechos de todos los iraquíes. Él es, nos quieren hacer creer, un sabio que anuncia una nueva era de la inclusión social en la política iraquí con su campaña de una mente única para descomponer el sectario sistema de cuotas parlamentarias, el cual asigna ciertas posiciones de gobierno y asientos a sectas y grupos étnicos específicos. Él está siendo interpretado por sus seguidores como algo parecido a un Che Guevara iraquí.

Aparentemente poniendo al primer ministro Haidar Al-Abadi y al sistema contra las cuerdas, Sadr ha dirigido numerosas protestas en los últimos meses. En determinado momento ésto le implicaba desarrollar el papel del héroe valiente, entrar en la Zona Verde sin ayuda, erigir una carpa de protesta y sentarse allí, amenazando con el caos a los que él previamente había llamado amigos y enemigos indistintamente desde el año 2003 a menos que se adhirieran a su demandas de un gobierno tecnocrático. Adelantándose a sí mismo, Sadr probablemente ha visto este truco como un movimiento que sería fuente de inspiración para su fieles chiíes de la clase obrera, quienes pueden muy bien haber relacionado su figura con la del último nieto del profeta Muhammad (la paz sea con él), Hussein Bin Alí, muerto en combate hace casi 1.400 años y considerado como uno de los doce imanes chiíes.

Sin embargo, Abadi aparentemente cedió a la presión de Sadr y acordó reorganizar su gabinete, se produjo una disminución del número de diputados en el parlamento en beneficio de los partidarios de Sadr, e, impulsada por los comunistas iraquíes, la revuelta estalló en la Zona Verde, ocupando el parlamento y saqueándolo. Se aseguraron de tomar abundantes fotografías, sentados en los escaños habitualmente ocupados por legisladores que ellos consideran corruptos, así como de destrozar un sofá blanco que ahora se ha convertido en símbolo de lo absurdo de la política iraquí y en objeto de muchas bromas satíricas después de que Abadi fuera considerado como un mártir.

Es importante entender que la representación de los grupos chiíes que participan en el gobierno como una entidad homogénea se ha exagerado groseramente, tal vez debido a las narrativas sectarias dentro y fuera de Irak que buscan simplificar quién es “el enemigo” en realidad. Sadr ha mantenido una resentida, y a veces violenta, enemistad con los miembros del Partido Dawa, especialmente el ex primer ministro Nouri Al-Maliki. Esta división fue muy evidente en 2008, cuando Maliki destruyó al Ejército Mahdi de Sadr (la rama original de las Brigadas de Paz mencionadas anteriormente), ordenando a las fuerzas de seguridad iraquíes, con la ayuda de las tropas de ocupación estadounidenses, luchar contra ellos en Basora. El propio grupo de Sadr no es inmune a estas divisiones; Qais Al-Khaz’ali, un conocido comandante del escuadrón de la muerte, se escindió para liderar el equipo terrorista chií Asa’ib Ahl ul-Haq, o “Liga de los Justos”.

Lo que es crucial tener en cuenta, sin embargo, es que esta lucha interna entre los diversos grupos políticos chiíes tiene un árbitro general, ya sea en la guerra civil entre Abadi y Maliki en el partido Dawa, o en el conflicto entre partidos que involucra al bloque Ahrar de Sadr contra todos los demás. Este árbitro se llama Irán. Por supuesto, no todos los clérigo chiíes o partidos políticos está al servicio de los intereses de Irán. Basta con echar un vistazo a los gustos del Ayatollah Al-Sarkhi, por ejemplo, que ha, en muchos aspectos, apoyado los derechos de los árabes suníes mucho más honesta y honorablemente que los políticos árabes sunitas como Saleh Al-Mutlag, los hermanos Nujaifi y el actual portavoz del Parlamento Saleem al-Jubouri. Sin embargo, en virtud de la forma en que Irán introduce con maestría a sus parroquianos y milicias en el nuevo orden iraquí posterior a 2003, la gran mayoría de los partidos chiíes en el gobierno le deben algo, o todo, a Teherán.

Las razones exactas de por qué Sadr decidió hacer estos movimientos justo en este momento es en gran parte desconocida. Sin embargo, a juzgar por sus declaraciones públicas, es fácil aventurar la respuesta de que está tratando de aumentar su propia base de poder e influencia ya que siente que Irán ha dado una mayor participación a los demás a su costa. Por ejemplo, Sadr está intentando resaltar su nacionalismo iraquí y disminuir la prevalencia de la memoria de sus sectarios escuadrones de la muerte sembrando el pánico en la población sunita. Él criticó indirectamente la influencia iraní en varios grupos iraquíes, dejando de lado convenientemente el hecho de que su propia organización se incubó y luego se alimentó de Irán. Ello sin una pizca de ironía, ya que Sadr venía justamente de reunirse con otro amigo de Irán: el líder de Hezbolá Hassan Nasrallah.

Estos numeritos no pasaron inadvertidos en Irán, enfandando bastante a varias poderosas figuras iraníes. No sólo amenazó la estabilidad del estado cliente más importante de Irán, Irak, sino que también criticó a otros clientes iraníes, al parecer sobrepasando los límites. Según se informa, el general Qassem Soleimani de la Brigada Al-Quds, parte de la Guardia Revolucionaria Iraní, amenazó entonces: “Controlad a vuestros perros, o soltaré los míos sobre vosotros.” Soleimani es, por supuesto, el comandante militar iraní enviado por Teherán para rescatar a las debilitadas fuerzas de Bagdad en los enfrentamientos con Daesh en 2014.

El descontento iraní es, obviamente, la razón del súbito abandono de Sadr de su causa moral, y ha sido convocado ahora a Irán para reflexionar sobre su mal comportamiento y probablemente para que reciba las más altas enseñanzas ocultas de los ayatolás de Qom que le mostrarán el error de sus caminos. Esperemos que Sadr regrese como un hombre cambiado, con las mejillas enrojecidas y su activismo gravemente restringido.

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