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El fraude americano en Oriente Medio

Oriente Medio ha sido durante siglos víctima de la dominación y de la explotación del poder imperial de turno, y en la “Era Americana” esto no es distinto.

Durante la última década he estado investigando cómo El Fraude –una red global de empresas multinacionales, inversores e instituciones multilaterales- controla la política en el mundo y se asegura de que se legisla a favor de sus intereses. El principal actor de este arreglo para promover estas sinergias es el gobierno de EE.UU. y sus diferentes agencias, que por supuesto tiene a mano al ejército estadounidense si las cosas se ponen fuera de control. Oriente Medio ha sido durante siglos víctima de la dominación y de la explotación del poder imperial de turno, y en la “Era Americana” esto no es distinto. La región es un crisol en el que muchos de estos intereses financieros han sido aplicados de la forma más brutal, ya sea a través del imperialismo económico convencional o del control geopolítico que es uno de sus prerrequisitos.

Un crudo ejemplo de todo esto lo viví en una pequeña casa de las colinas de Jerusalén Este, donde fui testigo de un microcosmos en el que un pueblo es asesinado a cámara lenta. Ningún americano que lea la prensa convencional o vea las noticias de las televisiones corporativas se hace una idea de lo que está ocurriendo. Pero cuando lo tienes ante tus ojos no hay manera de discutir el enorme crimen que está siendo perpetrado con los dólares del contribuyente y con el apoyo diplomático americanos.

Pasé una semana durmiendo en el suelo de la casa de la familia Hanoun –el marido, la mujer, y sus tres hijos, todos ellos palestinos-. Estaba allí con el Movimiento Internacional de Solidaridad (ISM), un conjunto de valientes activistas internacionales que tratan de ayudar a los palestinos a resistir de forma no violenta la opresión israelí. Jerusalén Este estaba destinado, supuestamente, por la ley internacional y por la moralidad más básica, a ser la capital de un futuro estado palestino. Después de la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel ocupó ilegalmente Jerusalén Este contraviniendo la ley internacional, y desde entonces sigue allí. De hecho, Israel está tratando de ocuparlo por completo. En la guerra contra Gaza de 2014, los israelíes mataron a más de 2.000 palestinos en Gaza, la mayoría civiles. Los medios israelíes convencionales hablan de despoblar Gaza y convertirla en una atracción turística israelí.

Pero durante el tiempo que estuve allí el más urgente de los numerosos problemas eran los intentos de una compañía de colonos israelíes de limpiar lentamente Jerusalén Este de árabes. En ese entonces se estaba centrando en el barrio de Shekh Jarrah, situado en un hermoso valle que mira hacia Belén. Activistas a más largo plazo se encontraban durmiendo allí también, dispuestos a documentar lo que todo el mundo presuponía que iba a ser un desalojo inminente. Pocos meses después, a las 5 y media de la mañana, la policía fronteriza llegó y desalojó por la fuerza a la familia Hanoun (tan a la fuerza que su hijo Rami tuvo que ser llevado al hospital). Los activistas fueron detenidos, al igual que los manifestantes que salieron a la calle. A la familia Hanoun le fue ofrecida una tienda de campaña de la Cruz Roja. Fue la culminación de un programa de intimidación y acoso de décadas contra la comunidad de Sheikh Jarrah, que había visto vidas destrozadas para aplacar a la forma más rancia de celo religioso.

Sheikh Jarrah está en un valle bajo el Hotel American Colony en el que Tony Blair, el antiguo primer ministro británico y posiblemente el siervo mejor dispuesto del fraude americano en el mundo, dormía en una suite de lujo cuando honró a Jerusalén con su presencia como “Enviado de Paz”. Mirando por la ventana de la familia Hanoun, el hotel de Blair estaba a 30 metros de distancia. Blair, no me cabe duda, podía ver la casa de la familia Hanoun durante sus largos mañaneros. Antes de que me pusiera en contacto con su portavoz, Blair no había dicho nada acerca de los desalojos, y tampoco dijo nada con posterioridad. Esto, a un lado del valle. Del otro, el Consulado Británico reinaba desde su elevado y seguro pico. El Consulado Británico sólo se había implicado ligeramente más, calificando el último desalojo de “terrible”, pero no había hecho nada para detener esta obscenidad. El silencio de EE.UU. fue aún más estruendoso. La familia Hanoun, como tantos otros palestinos, había sido víctima del terror durante décadas, luchando contra los intentos de Israel de arrebatarles sus hogares. Maher Hanoun, que continuaba implicado en la resistencia, me habló con elocuencia y con calma mientras fumaba un cigarro tras otro por las noches y contaba la desgracia de su familia. El padre de Maher era un refugiado de la Nakba o “Catástrofe”, como denominan los palestinos a la fundación de Israel en 1948, cuando grupos de paramilitares judíos expulsaron por la fuerza a 800.000 palestinos de sus hogares. Al padre de Maher le forzaron a abandonar Nablús; a su abuelo le expulsaron de Haifa por la misma época. El gobierno jordano les dio una casa en Jerusalén Este en 1956, en compensación, cuya propiedad obtuvieron en 1962. Maher nació en 1958, así que había pasado toda su vida, y había criado a sus hijos, en esa casa. La compañía de los colonos israelíes, Nahalat Shimon, respaldada por los tribunales israelíes, empleó un contrato centenario falsificado de la época otomana para reclamar la propiedad. Como ocurre en todo Jerusalén Este, los israelíes también intentaron sobornar a Maher con un cheque en blanco, si aceptaba irse silenciosamente. Se negó. “Ésta es mi casa,” me dijo. “No podría respetarme a mí mismo si vendiera mi casa por dinero. Quieren construir una colonia en nuestros corazones, en nuestros sueños”. Al final, lo lograron.

La táctica de los israelíes, que Maher denomina “tortura lenta”, incluye arrestos, sobornos y violencia. En 1998, después de que Maher se negara a empezar a pagar un alquiler a los colonos, llegaron varios soldados a su casa a llevarse todos los muebles, incluida la cama, cuando su madre estaba muy enferma de leucemia. Maher les pidió que dejaran la cama para que su madre pudiera morir en paz. En 2002, los israelíes lograron echar a la familia Hanoun durante cuatro años, antes de que volvieran en 2006. En 2002, sus dos hijas tenían 9 y 13 años. En el camino, y en el campo de visión del Sr. Blair y del Consulado Británico, había una tienda de campaña donde vivía una mujer de 62 años después de que los colonos le quitaran la casa. Al principio sólo ocuparon dos partes de la casa, así que estaba literalmente viviendo a su lado. Después la echaron. Su marido tuvo un ataque al corazón cuando los israelíes ocuparon su casa violentamente con 50 soldados (en la noche de la victoria electoral de Barack Obama en 2008). Tras pasar un tiempo en el hospital, el marido tuvo otro ataque al corazón dos semanas después y murió. La familia se negó a ser sobornada con un cheque –de millones de dólares- para abandonar su casa. “Ahora no tengo vida,” me dijo la señora desde su tienda. “Sin mi marido y sin mi casa, no tengo vida. Sólo espero que, si Dios quiere, la ocupación termine y podamos volver a nuestros hogares”. Nunca pude averiguar qué fue de esta mujer durante el desalojo violento de las fuerzas israelíes, pero según algunas informaciones incluso su tienda de campaña había sido destruida.

Caminé de Sheikh Jarrah al Consulado Británico (son unos cinco minutos) y pregunté a la portavoz Karen McLuskie que cuál era la postura británica con respecto a la limpieza étnica de lo que supuestamente ha de ser la futura capital de Palestina. “La postura británica es que Jerusalén ha de ser la capital compartida de dos estados,” me dijo. “Creo que lo que está pasando en Sheikh Jarrah no es un hecho aislado, por desgracia. Hay una serie de lugares por todo Jerusalén donde están ocurriendo este tipo de acciones: demoliciones, desahucios y asentamientos.” Negó hacer declaraciones en cuanto a qué es lo que está haciendo el gobierno británico para detener esta destrucción ilegal e inhumana de Sheikh Jarrah. La Sra. McLuskie sí que admitió, en cambio, que “la anexión de Jerusalén hace mucho más difícil el alcanzar un acuerdo de paz, ya que cierra todas las puertas”. Tras contactar al portavoz de Blair, me dijeron que “Blair había mencionado el asunto al gobierno israelí” y que “sigue siendo un objeto de preocupación”. Pregunté si el Sr. Blair estaría dispuesto a caminar los tres minutos que le separaban de la familia Hanoun para hablar con ellos sobre su situación. El portavoz me aseguró: “Hay personal de su oficina que previamente ya visitó familias que fueron desalojadas”. Nótese el pretérito perfecto. Quizá después de que la familia Hanoun hubiese sido desalojada, Blair enviaría un emisario a su tienda. Los americanos se negaron a dar entrevistas.

Si se observa Jerusalén Este y el área colindante, se puede ver que hay un número considerable de parcelas que no están construidas. Si Israel quisiera construir (ilegalmente) nuevos asentamientos sin expulsar a los palestinos de la zona, hay espacio. Que se centren en Sheikh Jarrah y en otras áreas es un proceso de limpieza étnica, la transformación de Jerusalén Este en un Jerusalén judío unificado. Tal y como preguntaba Maher: “¿Por qué no pueden construir un asentamiento en ningún otro trozo de terreno?” Lo bueno de la administración Netanyahu-Lieberman, que estaba en el poder en aquel entonces, es que eran mucho más sinceros con respecto a su programa de colonización que sus predecesores “de centro”. La administración Netanyahu estaba ahora dispuesta a ceder algunos  puestos de avanzada a cambio de continuar con la expansión en Jerusalén Este y un “crecimiento natural” de las colonias existentes por toda Cisjordania. Esa era la misma política que negociaron Ehud Olmert y George W. Bush antes de la conferencia de Annapolis en 2007. Netanyahu fue más sincero al obviar la posibilidad de un estado palestino. “No veo cómo vamos a tener una capital si no hay terreno, ni casas, ni gente,” coincidía Maher.

La próxima etapa de este intento de limpiar la supuesta futura capital de Palestina de su población indígena se produjo en la zona de al-Bustan, en Silwan, situada en el valle que baja de la Cúpula de la Roca y del Muro de las Lamentaciones. Cuando llegué a Jerusalén, lo primero que hice fue apuntarme a un tour City of David, que funciona a modo de espectáculo propagandístico israelí de tres horas de duración (disfrazado de experiencia arqueológica). Según la Biblia, el rey David fue el primer líder judío que se asentó en Jerusalén, y se dice que su hijo el rey Salomón construyó allí el primer templo, hacia el 960 AC. En 2005, unos hallazgos arqueológicos supuestamente aportaron pruebas de esto. Ahora el gobierno israelí pretende convertir los hogares de la gente de Silwan en un parque temático arqueológico: está planificada la demolición de 88 moradas, que acogen a unos 1.500 palestinos. Al final del tour, recorrimos el camino del canal que conecta el Casco Antiguo con un manantial fuera de los muros de la ciudad. Al llegar al final del recorrido, no me di cuenta de que el manantial está en Silwan. Unos días después, acudí a la carpa en la que los residentes de al-Bustan se estaban movilizando contra la destrucción de sus hogares y me di cuenta al ver a los turistas subiendo en autocares por la colina a la “Ciudad de David”, donde había estado yo mismo. De nuevo, como en Sheikh Jarrah, la gente era desafiante. “Si derriban mi hogar, tendrán que derribar también mi cuerpo. Voy a morir por mi tierra,” decía Zaid Ziulany, de 54 años, que vivía con su familia en la casa número 38 de la lista de demolición. “¿A dónde se supone que vamos a ir? ¿Deberíamos dormir todos en la calle?” preguntaba.

 

En Túnez, por el contrario, la gente había logrado derrocar al déspota respaldado por EE.UU. y Francia. Conocí a Mustafa y a Kamal en la Avenida Habib Bourguiba, en la que salieron a manifestarse en enero de 2011 para librarse del dictador que había gobernado su país con puño de hierro durante los últimos 23 años. Túnez ha cambiado mucho en el año que ha pasado desde entonces. Comimos en el bar-restaurante Opium, uno de los muchos que se alinean en el bulevar de estilo francés bautizado en honor del dictador anterior a Zine al-Abidine Ben Ali. “Esto no podríamos haberlo hecho antes, de ninguna manera,” contaba Mustafa, un chico de 25 años de edad originario de Tabarka, en el norte de Túnez. “Quiero decir que lo único que te podría haber contado es qué grande que es Ben Ali, qué buen hombre es”. “Si hablabas de política en un bar y la policía te escuchaba, ibas a la cárcel,” añadió Kamal con indiferencia. “Ahora te puedo contar lo que quiera”. Fue extraño llegar a Túnez capital y oír hablar del nivel de represión y abusos policiales durante la era Ben Ali. Sencillamente, nunca había oído hablar de ello. Antes de que el déspota respaldado por EE.UU. y por Francia fuera derrocado, a nadie en Occidente parecía importarle que estuviéramos financiando un estado policial en uno de los destinos turísticos más populares de Reino Unido. EE.UU. había aportado 349 millones de dólares en ayuda militar desde 1987, cuando Ben Ali llegó al poder en un golpe de estado. El tirano había sido entrenado en la antigua escuela de inteligencia del ejército estadounidense en Fort Holabird en Maryland, como tantos otros de los monstruos del mundo. Pero la siguiente etapa de la connivencia occidental en la subyugación del pueblo tunecino fue la difusión del miedo político y mediático ante el partido democráticamente elegido de Al-Nahda, que es islamista. La ruta que va de armar activamente a un dictador cleptócrata a empujar a los tunecinos a apoyar los “valores occidentales” es de sobra conocida. En Los condenados de la Tierra, Franz Fanon escribió: “Tan pronto como el nativo comience a tirar de sus cadenas y a causar ansiedad al colono, es entregado a las almas de buena voluntad que… le señalan la especificidad y la riqueza de los valores occidentales”. Cualquier tunecino que piense de forma racional se dará cuenta, por supuesto, de que el valor occidental más constante en el país es el apoyo a los dictadores. Al principio, cuando los francotiradores disparaban a la gente por las calles de Túnez capital, Hillary Clinton, entonces secretaria de estado, dijo que EE.UU. “no quería tomar partido”, y expresó su preocupación por el efecto de “intranquilidad e inestabilidad” que todo ello tendría para la relación de EE.UU. con Túnez. Al final, más de 200 personas murieron. Tras el triunfo de la revolución, Clinton y el presidente francés Nicolas Sarkozy se apresuraron a alabar el “progreso” del país, expresando al mismo tiempo su preocupación por que Al-Nahda pudiera imponer una dictadura de estilo iraní sobre el pueblo tunecino (cuando se trataba de una dictadura de estilo Pinochet, no les importaba).

Los acontecimientos siguieron el típico modus operandi del imperio estadounidense a emplear durante una revuelta popular contra uno de sus sátrapas. Funciona así: ambivalencia en público con respecto a las protestas, en tanto que en privado se apoya al tirano mientras no está claro si la revuelta va a triunfar o no. Después, cuando parece que el tirano no va a ser capaz de aguantar, se pasa a apoyar públicamente la revuelta, mientras que en privado se sigue apoyando al mismo régimen del que se ha eliminado al líder desacreditado. Esta metodología funcionó en Egipto: los sufrientes egipcios ahora tienen mubaraquismo sin Mubarak. Túnez es diferente. Según lo expresó Fanon: quienes eran los últimos ahora son los primeros, mientras que quienes eran primeros ahora son los últimos (o están en el exilio en Arabia Saudí, en el caso de Ben Ali). El temor con respecto a Al-Nahda estaba fuera de lugar, y se basaba en el deseo occidental de seguir estando al control. Hay muchas diferencias claras entre Túnez y el Irán de 1979, cuando la revolución derrocó a otro tirano torturador apoyado por occidente, el Shah. En primer lugar, al-Nahda reunió a una coalición que incluía a socialistas seculares y a socialdemócratas para formar gobierno. El presidente, Moncef Marzouki, es un activista secular por los derechos humanos, que pasó décadas a la intemperie luchando contra las atrocidades que con el respaldo de EE.UU. se cometían contra los disidentes en Túnez.

En segundo lugar, la sociedad civil tunecina está implicada con el proceso, y lleva camino de crecer. Uno de los patrones retrógrados que se pueden ver en un Oriente Medio salpicado de dictaduras respaldadas por EE.UU. es que el islamismo es con frecuencia la única vía para expresar el descontento con la situación actual. El espacio para los movimientos de izquierda secular ha sido aplastado desde que el panarabismo de Nasser en Egipto preocupó lo suficiente a EE.UU. como para extinguir a la izquierda por toda la región (con la ayuda de un Israel temeroso de la eficacia del nacionalismo secular de Fatah en los territorios ocupados). Ahora que Ben Ali se ha ido, la cazuela ha quedado destapada. Hay espacio para respirar para los jóvenes –y para cualquiera-, hay oportunidades para implicarse en política y para pensar de forma no convencional. Y ahora, fuera de lo convencional, el panorama es más amplio que sólo islamismo. Hará falta tiempo –quizá un par de generaciones- pero ahora la izquierda secular puede crecer, y sin lugar a dudas se volverá más significativa. Muchas de las revoluciones de la Primavera Árabe han sido dirigidas por la tecnológica y joven izquierda secular –particularmente en Túnez y en Egipto, que tienen grandes movimientos sindicales-. Al contrario, los islamistas, que en muchos sentidos tenían una relación simbiótica con las brutales dictaduras respaldadas por EE.UU. con las que estaban en guerra- poco a poco se volverán más irrelevantes según estos estados policiales se vayan desvaneciendo. Tendrán menos de lo que alimentarse, y sus políticas ahora se enfrentarán al considerable examen de tener que ser aplicadas desde el gobierno. En tercer lugar, el ejército actuó con nobleza en Túnez, al contrario que en Egipto. Ben Ali huyó después de que el ejército se negara a asesinar a su propia gente, lo que les hizo extremadamente populares. Existe poco temor de que puedan dar un golpe de estado contra la democracia creada por la Revolución de los Jazmines. “Están con el pueblo,” se escucha con frecuencia en Túnez. Es comprensible: sin ellos es posible que Ben Ali aún estuviera en el poder y que un río de sangre fluyera por la Avenida Habib Bourguiba. En el bar Opium, Mustafa me contó que había votado al CPR, un partido de izquierda secular dirigido por el Sr. Marzouki, porque piensa que su programa es bueno para la economía y para las mujeres. Sin embargo, dijo, no teme a Al-Nahda. “Me gustan,” añadió. Kamal, por el otro lado, había votado a Al-Nahda porque piensa que son “buena gente… No son extremistas. Los salafistas están locos, pero aquí no tienen mucha importancia”.

Claramente, lo que atemoriza a occidente más que cualquier islamista es una izquierda secular revolucionaria que se oponga al orden neoliberal creado durante los últimos 40 años. Eso sí que les haría daño. Los propios islamistas en muchas ocasiones han dado la bienvenida a las instituciones de Bretton Woods y al orden económico neoliberal. Con los sospechosos habituales tratando ahora de imponer estos mismos dictados en Túnez, para los partidos en el gobierno era casi imposible tratar de hacer algo distinto (incluso aunque quisieran). Hasta ahora Túnez ha seguido a los dictados de EE.UU. y de Bretton Woods al pie de la letra, privatizando muchos de los bienes públicos (que al mismo tiempo engordaban el bolsillo de Ben Ali) y destripando instituciones públicas y subsidios al petróleo y a los alimentos. De hecho muchos comparan a Al-Nahda con el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Turquía, y no es secreto que el AKP es el sueño del sector de los negocios y del capital internacional. En el tiempo que llevan en el poder, el AKP ha privatizado una serie de empresas públicas, entre ellas Tekel, la compañía estatal del tabaco y el alcohol, que será vendida como parte de los ajustes estructurales asociados a un acuerdo de préstamo de 16.000 millones de dólares del FMI. Antes de que Erdogan comenzara a actuar como un nuevo sultán, la prensa de negocios estaba enamorada del AKP. Esto es por lo que me preocupaba Túnez: no por los islamistas, sino por los neoliberales. En palabras de Fanon: “La apoteosis de la independencia se transforma en la maldición de la independencia, y el poder colonial, a través de sus inmensos recursos de coerción, condena a la joven nación a la regresión”. O, con menos palabras, elige un camino independiente y muérete de hambre.

EE.UU. y sus aliados nunca se quedarán callados, siempre tratarán de intervenir. Pero la pregunta para los revolucionarios es: ¿vais a dejarles intervenir? ¿vais a organizaros? Es lo que ha ocurrido en toda la historia de dictadores locales del fraude –desde el Shah de Irán a Suharto en Indonesia-. Da igual que seas un títere de los americanos, el país más poderoso de la historia de la humanidad. Si surge una revolución, los americanos no pueden hacer nada: el pueblo crea una nueva imaginación. Nawal El-Saadawi, la escritora feminista más famosa de Oriente Medio, estaba muy implicada en la revuelta de Egipto. Para ella fue la culminación de una vida dedicada al derrocamiento de la dictadura en su patria. Fui a verla en su piso de una sola habitación en la decimotercera planta de un bloque del barrio de Shoubra en el Cairo, justo a la orilla del Nilo. “Todos los países del Golfo están colonizados por EE.UU. Dondequiera que tengas petróleo, tienes a EE.UU.” me dijo El Saadawi. “Nos hemos librado de la cabeza, pero el cuerpo del régimen sigue aquí, a nivel militar, económico, mediático, educativo, todo”. ¿Había perdido, entonces, la esperanza en esta gran revuelta? “Oh, no, no,” dijo, sonriendo. “Soy muy optimista, nunca pierdo la esperanza. La esperanza es poder, la esperanza me hace sonreír, la esperanza me hace vivir. Soy escritora, novelista, así que necesito esperanza, no puedo vivir con una actitud derrotista. Mientras tengamos a gente joven y vayamos a la Plaza Tahrir, tendré esperanza. Vivimos en una selva, no vivimos en una sociedad sana. Es una cuestión de poder: cuando el abuelo tiene dinero, prestigio y poder, viola a su nieta, es una cuestión de poder. Cuando acabemos con esta mentalidad, es decir, que no domine el poder, sino la justicia, la libertad, el amor, la igualdad, tendremos una revolución, como en la Plaza Tahrir, y erradicaremos al poder”.

Matt Kennard está becado en el Centro de Periodismo de Investigación de Londres. Con anterioridad, fue reportero del Financial Times y ha escrito dos libros, Ejército Irregular y El Fraude, que ha sido publicado en inglés este mes.

 

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