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Oriente Medio puede liberarse de la hegemonía occidental y de los males internos

Lo que necesitamos no es una reforma o una renovación de nuestra mentalidad. Lo que necesitamos es una migración –una hijra- del modelo antiguo a uno nuevo.

Lo que necesitamos no es una reforma o una renovación de nuestra mentalidad. Lo que necesitamos es una migración –una hijra– del modelo antiguo a uno nuevo.

En 1994 Nelson Mandela declaró una nueva era en Sudáfrica. Nacía así la nación del arcoíris, y Sudáfrica comenzó un proceso inmediato hacia la reconciliación, la estabilidad y la democracia. Éste fue un momento de genio para la historia, no sólo porque desencadenara la esperanza para los hombres y mujeres de Sudáfrica, sino porque esa esperanza fue mantenida y sostenida. En una sociedad fragmentada por el apartheid, por la sangre y el conflicto, tuvo lugar un cambio histórico. A pesar de que sigue habiendo dificultades, la Sudáfrica de hoy día se mueve hacia un futuro de prosperidad económica y estabilidad política. La Plaza Tahrir en 2011 fue un momento similar, que desencadenó la esperanza en los corazones y en las mentes de las gentes de la región. Los árabes sintieron que había una posibilidad de liberarse de la tiranía y de la dictadura. La liberación que esperaba la gente de Tahrir no era sólo una liberación de un oscuro legado político. Querían liberarse también de otros aspectos de sus vidas, encontrar un camino para salir de un mundo de conocimiento, cultura y tradición cerrados en sí mismos, y poner fin al sectarismo.

La Plaza Tahrir se convirtió en un escenario en el que musulmanes, cristianos, secularistas, izquierdistas, islamistas y nacionalistas se reunieron para celebrar los valores de la libertad, la democracia y la esperanza por un futuro mejor. Es así como los egipcios (y antes los tunecinos) y el resto de naciones del mundo árabe mostraron lo mejor de sí mismos. Era algo que había estado ahí durante generaciones, pero que hasta ese momento no había sido desencadenado y hecho público. La Plaza Tahrir nos liberó de todos los malos recuerdos, legados insoportables y profundas depresiones que las naciones de Oriente Medio, del mundo islámico y del mundo árabe, habían atravesado durante décadas.

La Plaza Tahrir, sin embargo, no logró traer el amanecer de un nuevo día. El mundo árabe nació de nuevo en ese momento de esperanza, inspiración y genio. Pero según se demostró luego, había nacido muerto, y muchas cosas han cambiado en nosotros desde entonces. Lo mejor de nosotros mismos se convirtió en lo peor. La misma nación y el mismo pueblo que habían celebrado los valores, la diversidad y la tolerancia, que se había reunido para imaginar un futuro tremendamente positivo, se ha vuelto ahora hacia la violencia organizada y la división institucional. Han elegido concentrarse en la muerte y no en la vida, sencillamente porque la esperanza no fue sostenida y finalmente fue asfixiada.

Geopolítica e historia

¿Cómo hemos llegado hasta donde estamos hoy? Hay dos senderos que llevan a esta encrucijada: el geopolítico y el histórico. Esta región ha creado enormes vacíos en la geopolítica. Nunca nos hemos transformado a nosotros mismos como hicieron otras regiones tras el fin de la Guerra Fría. La Unión Europea, la Unión Africana y otras organizaciones regionales por todo el mundo surgieron para establecer un nuevo sistema político y económico. Pero nosotros, los países del MENA, permanecemos fragmentados. La Liga Árabe nunca logró establecer un orden regional, así que la tarea cayó en los estados-nación. El así llamado estado-nación no tiene nada que ver con el concepto de nación, o con el de estado. En el mundo árabe los estados son entidades con fronteras artificiales, impuestas a la gente de la región sin legitimidad alguna. Como dice Azzam al-Tamimi, nuestro orden político se aproxima más al concepto de los estados territoriales, ya que nuestros estados nunca han sido en esencia nacionales.

En esta parte del mundo, hemos continuado siguiendo tendencias peligrosas y eurocéntrica en materia geopolítica y de política exterior. Asumimos que nunca podremos estar seguros a no ser que los americanos u otra potencia mundial nos protegieran. Es por ello que seguimos sintiéndonos políticamente infantilizados, ya que tratábamos de integrarnos en su abrazo protector. Nos asustaba liberarnos del orden mundial occidental o de la hegemonía estadounidense en la región. Había  muchas razones para la existencia de estos estrechos vínculos. Una de ellas era que nuestros gobiernos sabían que su legitimidad doméstica no alcanzaba a mantener una independencia soberana. Necesitaban una muleta extranjera que les ofreciera sostén en su corrupto mandato. Necesitaban a los americanos, necesitaban a los europeos e incluso a los rusos. Las reglas del juego habían sido escritas en los 70, y preferían mantenerlas en lugar de optar por la alternativa, es decir, por la independencia real. Para ésta, por supuesto, les haría falta una legitimidad real, que tiene un alto precio. El coste de la independencia real es la transparencia democrática y el reparto del poder. Antes que pagar este precio, los líderes eligieron apegarse al viejo paradigma de servir como delegados de las potencias internacionales. Éste es el pecado que nuestros gobiernos siguen cometiendo hasta el día de hoy.

El otro factor es la historia. No podemos seguir echándole la culpa a Occidente de todos los males de nuestra región. Efectivamente, ha desempeñado un papel relevante a la hora de promover el extremismo, y está detrás de muchos de los males que nuestra sociedad y nuestros países han experimentado en el último siglo. Sin embargo, querría hablar de otra cosa. Ha llegado para todos nosotros la hora, sobre todo para la gente de Al Shark, de hablar de forma abierta y franca sobre nosotros mismos. Hemos de admitir que la doctrina islámica no ha pasado por una reformación en el sentido luterano de la palabra. El islamismo no ha tenido un momento-trampolín que podamos calificar de “Ilustración” o de “Modernidad del Mundo Islámico”.

Existen muchos motivos para explicar la ausencia de estos hitos. Personalmente, yo creo que el concepto de modernidad y de ilustración, en su forma de libertad, libertad personal, pensamiento racional y evolución del pensamiento, ya existía en la civilización islámica mucho antes de que la civilización occidental abrazara estos términos. Dichos conceptos existían como parte de lo que llamamos la Ummah. En la doctrina islámica, nuestros filósofos –como Al-Farabi, Ibn Rushd, Ibn Sina, Al-Kindi y muchos otros- formularon y difundieron su propio modelo de ilustración y de edad de la razón, con una doctrina filosófica tolerante y abierta a volverlo a repensar todo, incluida la relación del hombre con dios. Tuvimos a Ilm Al-Kalam, un atrevido erudito. Os quedaríais en shock si leyerais las obras de los siglos IX o X, al ver lo radicales que eran nuestros filósofos por aquel entonces al discutir la relación del hombre con dios, de la naturaleza con dios. Era un debate adelantado a su tiempo. Nuestra historia intelectual prueba que tuvimos nuestra propia época de la razón y de la ilustración.

En lo que se refiere a la modernidad, el concepto islámico de tajdid –que significa renovación del papel de la religión no sólo en materia judicial y en el fiqh sino también en la epistemología- opera como impulsor de continuas reformas. Si estudiáis a Imam al-Ghazali, o, incluso, antes que él, de Abu Hanifa a Ibn Rushd, encontraréis una continuidad en nuestra historia intelectual, la continuidad del tajdid, la renovación. En la terminología europea de los siglos XVI y XVII lo llamaríamos la Ilustración, la Edad de la Razón, o la Reforma.

 

Dos invasiones: mongoles y cruzados

La renovación continua y sistemática se vio interrumpida por muchos motivos, uno de los cuales se dio en el siglo cuarto de la Hijtra. Hubo de hecho dos catástrofes en la historia del mundo islámico. La primera fue la invasión de los mongoles, que resultó en la destrucción del legado de los abasíes en Bagdad. La segunda fue la llegada de los cruzados, que se dividieron la región entre ellos.

Todos estos factores tuvieron un importante efecto en la psique colectiva de la ummah. Quedó sometida a semejante amenaza extranjera, de naturaleza existencial, que no era capaz de gestionar una simple confrontación militar. Este sentimiento de la amenaza extranjera se intensificó con la llegada de los cruzados, ya que los mongoles finalmente se habían islamizado. Pero los cruzados llegaron a la región con el propósito de diseminar su doctrina religiosa. Esto dio lugar a la urgencia con que la ummah sintió que debía protegerse. Los conceptos de la renovación, tajdid e ijtihad, fueron dejados en segundo plano, ya que la ummah sentía que debía conservarse y consolidarse en lugar de cambiar y renovarse.

La ummah mostró un renovado sentido de agresión a aquellos que desafiaban el statu quo o el legado histórico. Como resultado de esto, subieron al poder en el mundo islámico jerarquías rígidas que no existían en las generaciones previas de las sociedades musulmanas. Los movimientos sufíes establecieron sus propias jerarquías, aún permaneciendo descentralizados. También estuvieron Al-Azhar y muchos otros que intentaban consolidar y afianzar el momento en lugar de dejarlo diluirse en algo de lo que no estaban seguros.

En los siglos XVI y XVII, las ideas y los conceptos europeos alcanzaron el mundo musulmán con el creciente colonialismo. Nunca fueron apreciados ni queridos, a pesar de su uso positivo o práctico, porque venían con las armas que esclavizaban y confiscaban las tierras para establecer el dominio hegemónico europeo en la región. La reacción de la gente de la región fue rechazar a los extranjeros y a sus ideas, prefiriendo quedarse con lo “viejo” propio que abrazar lo “nuevo” de los de fuera. Lo “viejo” les había convertido en quienes eran, mientras que lo “nuevo” podría privarles incluso de su identidad y convertirles en mejores esclavos. El resultado de esta interacción colonial fue negativo, y como musulmanes elegimos encerrarnos en nosotros mismos y consolidar una vez más nuestra identidad bajo la influencia de lo “viejo”.

Lo auténtico y lo práctico: una dualidad insana

Así surgió la paradoja suprema del mundo islámico: que lo práctico nunca era considerado auténtico, mientras que lo auténtico nunca era práctico. Las ideas occidentales son prácticas. Es posible sumarse a ellas, y es posible hacerlo actuando sobre ellas a través de la política, de las relaciones internacionales, de la economía, de la tecnología, etc. Sin embargo, carecen de una autenticidad genuina que nos gustaría que tuvieran para poder transformarlas, de ser una mera utilidad, en un auténtico discurso filosófico.

Dentro del progreso del pensamiento occidental, la filosofía responde y refleja a los descubrimientos científicos. Por ejemplo, cuando Darwin descubrió la teoría de la evolución, el pensamiento occidental giró hacia el darwinismo en muchos otros aspectos. De forma similar, cuando Einstein dio con la teoría de la relatividad, afectó la doctrina filosófica de la mente occidental. Newton, Einstein y Freud fueron todos fundadores de nuevas formas de hacer las cosas, de nuevas prácticas, pero también cambiaron la epistemología de la mente occidental. En el mundo musulmán, tenemos estas ideas en una variedad de formas, como la tecnología y la economía. Incluso nuestras universidades comenzaron a enseñar algunas de las obras de Freud y de Darwin. Tenemos estas mismas teorías e ideas en nuestras librerías, universidades y bancos. Pero no podíamos relacionar este discurso occidental con nuestro concepto tradicional y legítimo de pertenencia e identidad. Esta es la dualidad insana en la que vivimos hoy en día.

Ahora continuemos un poco más hacia delante. Estoy convencido de que el ISIS y todo el fenómeno del extremismo violento, y el concepto de intentar establecer quiénes somos, son el resultado de muchas de las contradicciones creadas en Oriente Medio por la geopolítica y por la influencia de los poderes extranjeros. La crisis actual sin embargo también contiene el dilema que he descrito, propio del pensamiento islámico. Este tipo de dilema es el que ha creado la situación en la que la democracia es considerada un producto occidental. Según los fundamentalistas, si la gente se compromete con la democracia, se arriesgan a entrar en un estado de shirk (blasfemia), al no seguir lo que Dios-subhanah wa ta´ala-, el Profeta (que la paz sea con él) y el Corán ordenan seguir a los musulmanes en términos de gobernanza. Por lo tanto, siguiendo “in il hukm illa lillah” creen que necesitan establecer su propio dominio; de aquí que el producto sea rechazado, no sólo filosóficamente sino también en su vertiente práctica.

En esta empresa de formar nuestros propios sistemas domésticos, basados en la autenticidad islámica, nos enfrentamos a fenómenos como el del Estado Islámico. ¿Por qué? Porque se basa en un modelo histórico que puede ser legitimado. No es necesariamente práctico, pero ¿a quién le importa eso cuando el objetivo es establecer un sustituto auténtico e “indígena” para una importación occidental? Por supuesto, esto es combinado con justificaciones sobre el actual desequilibrio de poder, la hipócrita visión occidental de la región y el dilema político que ha creado en ella durante los últimos 100 años. Este año celebramos –bueno, no celebramos realmente- el centenario del acuerdo Sykes-Picot, el día 17 o 18 de mayo. Podéis pensar que fue una jugada fantástica de los poderes occidentales, pero, desde entonces, Sykes-Picot ha sido asumido y desarrollado hasta convertirse en una doctrina por sí mismo.

¿Estamos en una situación de la que no podemos salir? ¿Estamos indefensos ante un agujero negro que nos está absorbiendo? (Porque como sabéis, dentro de los agujeros negros se desconoce de momento la mayor parte de las normas que rigen, y no son aplicables ni la física clásica ni la cuántica).

Ésta es la doctrina del Sr. Obama. Tengo la sensación de que los americanos se están rindiendo con esta región porque es demasiado complicada de entender y de comprender. Por lo tanto, creen que lo mejor que pueden hacer es distanciarse. Claro que personalmente me encantaría que los poderes occidentales se distanciaran de la región, pero no me refiero a eso, sino que este comentario es aplicable a otra cuestión bien distinta.

Artículo publicado en middleeasteye.net.

 

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Wadah Khanfar es el exdirector de Al-Jazeera

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