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La democracia en Túnez es un freno contra el terrorismo

La solución para erradicar a grupos terroristas como Daesh no es sólo militar, sino que debe basarse en una estrategia multidimensional.

No hace falta ser un cerebro para saber que el terrorismo se nutre de la opresión, las dictaduras, la marginalización y todas las formas de exclusión social. Durante las últimas semanas, Túnez ha mostrado una increíble determinación en su resistencia contra el Daesh (ISIS), en un momento en el que este grupo terrorista ganaba terreno en Irak, Siria y Libia.

La ciudad de Ben Guerdan (al sur de Túnez, en la frontera con Libia) se ha transformado parcialmente en un campo de batalla entre el ejército tunecino y los civiles, por un lado, y un grupo de miembros de Daesh fuertemente armados procedentes de Libia (aunque todos ellos son tunecinos).

Esta capacidad de resistencia desafía por completo los augurios de los analistas políticos según los que la región árabe está condenada a caer bajo la influencia de Daesh, con el resultado de una fragmentación de la región en pequeñas entidades basadas en la pertenencia étnica.

Daesh ha calculado mal sus estrategias en Túnez. En su lucha contra el terrorismo, los tunecinos han mostrado una vez más una inmensa solidaridad, una visión clara y una fuerte conciencia de sus propios intereses estratégicos y de la adherencia a los valores democráticos (que eran el objetivo de la revolución).

La epidemia de Daesh no es un producto islámico, sino más bien fruto de un entorno en el que prevalece la injusticia. Las décadas de gobierno dictatorial en Túnez bajo el régimen de Ben Alí, y antes, de Habib Bourguiba, fueron el caldo de cultivo de la juventud desencantada y los grupos extremistas.

También se puede argumentar que los motivos por los que semejante grupo puede encontrar un suelo fértil en Túnez son dobles. Por una parte, está el total control de los medios de comunicación bajo los regímenes de Habib Bourguiba y de Ben Alí, cuyo fin era homogeneizar el pensamiento político tunecino. A través de la centralización de las instituciones religiosas, el presidente Habib Bourguiba –también llamado Al Mujahid Al Akbar (el mayor mujahid, o “combatiente”)- contaba con un total monopolio sobre todos los productos mediáticos relacionados con la modernidad, la reforma educativa, la emancipación de la mujer, el discurso religioso y político y cualquier otro aspecto de la gobernanza del país.

En segundo lugar, al ser el líder del país, reivindicando haber sido elegido de por vida, Bourguiba excluyó cruelmente a cualquier potencial competidor por el liderazgo del país, incluyendo a las autoridades religiosas de la mezquita Al Zaytouna y a la Unión Nacional de Trabajadores Tunecinos.

Las instituciones educativas y religiosas de Al Zaytouna habían servido durante siglos como un centro de enseñanza y como una universidad multidisciplinar, que ofrecía asignaturas tanto religiosas como seculares, entre ellas matemáticas, química y astronomía, aparte de fiqh (jurisprudencia islámica), historia y estudios coránicos.

Más aún, Al Qaraouine (en Marruecos) y Al Zaytouna (en Túnez) estaban en la encrucijada de los mundos medievales islámico, cristiano y judío, y constituían herramientas que no sólo transmitían a Europa avanzados conocimientos científicos, sino que también promovían el Islam malikí.

La era de Bourguiba implicó una subyugación completa de todas las formas de disidencia política, intelectual y religiosa, y la contención represiva de todas las formas de diversidad. La continuada ausencia de una autoridad religiosa bien informada durante el mandato de Ben Alí, su sucesor, ha conducido a la existencia de un evidente vacío en el país, ocupado finalmente a partir de la década de los 90 por predicadores extranjeros a través de canales de televisión por satélite.

En tercer lugar, se puede argumentar también que las tendencias violentas de semejantes grupos (llamados en ocasiones Al Salafiyya Al Yihadiyya) se deben al fracaso de los regímenes que han gobernado durante las últimas décadas a la hora no sólo de contenerlos, sino de construir una sociedad multicultural.

Un sistema político multipartidista y la promoción de los derechos de las minorías hubieran sido efectivos en este sentido. De hecho, los medios estatales, desde la independencia de Túnez en 1956, han estado exclusivamente al servicio del régimen y de su élite política. Tanto Bourguiba como Ben Alí (los únicos dos presidentes que gobernaron Túnez de 1956 a 2011) explotaron los medios de comunicación de masas para difundir la ideología de sus partido, marginando sin piedad a cualquier grupo político o religioso que hubiera podido influir en la sociedad.

Su versión de desarrollo cultural, político y económico se basaba únicamente en canalizar todos los medios hacia la promoción de la única ideología oficial del régimen gobernante. Este tipo de gobierno demostró ser obviamente deficiente desde comienzos de los 70. Sin embargo, el país tuvo que esperar hasta la revolución del 14 de Enero de 2011 para presenciar el cambio de régimen.

No obstante, lo más importante ahora mismo es que es evidente que los terroristas de Daesh no guardan ninguna relación con el Islam. Sus acciones apuntan a una mentalidad criminal que no puede ser justificada por ninguna fe. Algunos de los atacantes identificados en la localidad de Ben Guerdan en Túnez han resultado ser ex adictos a las drogas y criminales. Así lo son también docenas de quienes se unieron a Daesh en Libia y en Irak.

En un programa de televisión titulado: ‘Realitycheck: ¿cómo de religiosos son los denominados “terroristas islámicos”?’, Mehdi Hasan desafía el lugar común de que los miembros del ISIL o Al Qaeda son musulmanes devotos. En el programa revela que “Islam para tontos” fue el libro de referencia empleado por los atacantes de Charlie Hebdo, ya que “no sabían diferenciar entre Islam y Catolicismo” e “fueron a clubes de striptease y bebieron alcohol antes del ataque”.

Finalmente, merece la pena mencionar que los gobiernos electos democráticamente tras la revolución han estado luchando ferozmente contra el extremismo. El gobierno tripartito dirigido por Al Nahda declaró ya en 2013 que por ejemplo Ansar Al Sharia era un grupo terrorista, dada su apuesta por la violencia para producir el cambio social.

Hoy, cinco años después de la revolución en Túnez, el partido Al Nahda no sólo constituye un obstáculo para la escalada que podría convertir al país en un escenario caótico, sino que está emergiendo como un pilar clave del panorama político del país en este periodo de transición democrática. Una transición democrática que parece haberse convertido en un factor de disuasión contra el florecimiento de Daesh.

El terrorismo no es el destino de la región. El contagio es un síntoma de corrupción, dictadura y gobiernos injustos, en cualquier sociedad. Por lo tanto, la solución para erradicar a grupos terroristas como Daesh no es sólo militar, sino que debe basarse en una estrategia multidimensional. Una combinación que proporcione educación, oportunidades laborales, empoderamiento a los jóvenes, libertad y reparto efectivo del poder.

El autor es profesor de Medios y Comunicación. Se le puede contactar en el mail [email protected].

Este artículo fue publicado originalmente en thepeninsulaqatar.com

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