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Israel se enfrenta al inevitable derrumbe de su sistema de apartheid

El régimen de apartheid de Sudáfrica parecía impenetrable y, aun así, se derrumbó cuando la indignación global por sus políticas racistas e inhumanas se hizo imparable.
Imagen del muro del apartheid a su paso por Belén.

El gobierno racista de derechas israelí está prestando mucha atención a los activistas del BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones). ¿Es diferente de la “ofensiva total” contra los activistas de la lucha por la libertad por parte del antiguo gobierno del apartheid de Sudáfrica? En realidad, es mucho peor. Las cifras diarias revelan la severa represión con la que hombres, mujeres y niños palestinos se enfrentan a los efectos tráficos y deliberados de la violencia estatal de Israel. Esto, ante todo, es el testimonio de la “ofensiva total” del régimen sionista.

A pesar de estar cegado por su poder omnipresente, Israel es muy consciente de que la “ofensiva total” no salvó al apartheid de Sudáfrica. Tampoco las detenciones en masas, ni las ejecuciones de activistas políticos; hicieron que el poder del apartheid, que residía en el Partido Nacional y era apoyado por las corporaciones capitalistas y sus socios de Occidente, gobernara en Sudáfrica para siempre. De hecho, no sólo es que la represión brutal de los derechos humanos más básicos en Sudáfrica no consiguiera frenar la marea de la liberación, sino que la estrategia de una ofensiva total para destruir la oposición al apartheid fue un fracaso total.

Los ideólogos de Pretoria creían entonces, tan en vano como Netanyahu, que el terrorismo estatal acabaría con la lucha por la libertad. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el régimen de apartheid sudafricano y el de Israel; una figura evidente e intocable: los Estados Unidos de América.

A diferencia de la década de los 80, cuando EE.UU. fue convirtiéndose en un aliado menos visible del apartheid de Sudáfrica; la administración de Trump parece destinada a aumentar el apoyo estadounidense a Israel a niveles sin precedentes. El mantra “América Primero” también significa “Israel Primero”, con “sin preguntas” como añadido. No es ninguna sorpresa si nos fijamos en las inclinaciones ideológicas de los miembros de su gabinete, sus asesores de la Casa Blanca, sus escritores de discursos y los estrategas de su círculo más cercano, muchos de los cuales se posicionan en la extrema derecha del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. El nombramiento de David Friedman, aposentado en un asentamiento ilegal llamado Beit Al, como embajador estadounidense en Israel, es un ejemplo. La posición de Friedman respecto a los asentamientos se ajusta a la de Israel; quiere legalizar las colonias, que la ONU prohibió en 1971. 

Jason Dov Greenblatt, autor de un libro de viajes que glorifica a Israel, también forma parte del equipo de Trump. Friedman y Greenblatt publicaron un memorándum antes de las elecciones presidenciales que afirmaba que el gobierno de Trump no apoyaría automáticamente la creación de un Estado palestino.

Un hombre al que admira Avigdor Lieberman, el racista ministro de Defensa israelí, es el yerno de Trump, Jared Kushner, que está involucrado como miembro de la Casa Blanca y se presentó voluntario para ser el enviado de paz a Oriente Medio. Sus credenciales pro-Israel son bien conocidas, y no sólo porque la fundación de su familia done ingentes cantidades al asentamiento de Beit Al.

El estratega jefe de Trump, Stephen Bannon, tiene una influencia casi total sobre el gobierno. Sus expresiones de odio hacia las minorías, especialmente hacia los musulmanes, forman la columna vertebral de la “Muslim Ban” de Trump y la convergencia de las políticas “Israel Primero” y “América Primero”.

La falta de visión de Israel se hace evidente, dado el hecho de que su fe en el apoyo incondicional de EE.UU. a los asentamientos ilegales y continuas violaciones de la ley internacional es casi fanática. Sin embargo, su creencia en que Trump cumplirá sus promesas es tan débil como sus fundamentos.

Insistir y demandar el apoyo de EEUU es llevar a la administración de Trump a una guerra larga y caótica con la ONU. Con todos los asuntos que está tratando de resolver – desde el Obamacare al muro de México, la Rusia de Putin y mucho más – Donald Trump se está lamiendo sus heridas auto infligidas. Sus promesas de campaña pueden haberle dado la Casa Blanca, pero su incumplimiento le traerá problemas. Y, aun así, Israel sigue siendo inflexible sobre añadir gasolina al fuego. ¿Sería probable que Trump y su equipo de fanáticos inflexibles pongan en peligro su frágil domino del poder continuando con la protección de Israel frente a la censura global?

La última declaración del Consejo de Derechos Humanos de la ONU dicta que Israel es el principal perpetrador de los derechos humanos. Sigue los pasos del informe de la CESPAO, que declaró la realidad del estatus de apartheid de Israel. Estos resultados indican un creciente impulso global que exige justicia para Palestina y apoyo a campañas internacionales como el BDS.

Por lo tanto, la figura intocable – EE.UU. – tendrá que afrontar retos como la sostenibilidad, la legalidad y la moralidad. La opinión global a favor de la justicia de los palestinos crece cada día y, para desgracia de Israel, el mundo tiene la mirada puesta en la limpieza étnica en curso en Palestina y la imposición de un régimen de apartheid.

El régimen de apartheid de Sudáfrica parecía impenetrable y, aun así, se derrumbó cuando la indignación global por sus políticas racistas e inhumanas se hizo imparable. Hoy en día, Israel está donde estaba Sudáfrica; sabe que el reloj está avanzando, y que su apartheid se enfrenta a un colapso inevitable.

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Iqbal Jassat es investigador en el Media Review Center en Johanesburgo, Sudáfrica.

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